jueves, 6 de marzo de 2008

Pucón

El cono perfecto del volcán descuelga sus tres mil y pico metros a la
izquierda de tu campo de visión, junto al embarcadero. Hace un momento,
las nieves que cubren más de dos tercios del flanco que ves se
encendieron en una crema de naranjas y pomelos casi demasiado cursi para
ser nombrada (pero a la vez complementaria a los azules progresivos en que
se cierne la pequeña vaharada blanca, el soplo de nube con que se adorna
el volcán Villarrica en estos días, acabando el verano).
«Pongámoslo de esta manera», se arranca al fin, tras pensarlo un momento
con un trago de la infusión de boldo que vierte desde el termo metálico.
«Viajar acompañada consiste meramente en trasladarse, viene a ser sólo
mover de un lado a otro el extenso conjunto de manías y expresiones,
frases hechas y asociaciones de ideas predecibles, ese haz de recuerdos
(tal vez diría Borges) que somos, miserablemente. Con suerte, una viaja
con alguien que la conoce mucho y ahí el desafío es mínimo: el café con
la leche fría o casi hirviendo, sin cebolla la ensalada, el despertador
35 minutos antes de la hora, tú ventanilla y yo pasillo.
»Si el viaje es suficientemente largo (aproximadamente más que la
paciencia del más débil de ambos), se deriva de forma irremisible en una
espiral de pequeños odios minuciosos. Sabotaje, atentados contra las
buenas costumbres en lo tocante a la temperatura del café o la hora de
diana, argumentaciones interminables sobre las ventajas diuréticas de la
cebolla... Todo se acaba resolviendo de noche, en la cena o más tarde, si
se llega a un lugar suficientemente bonito, como es éste, por ejemplo.»
Al decir esto, sus ojos, azules y vivos, señalan hacia adelante. Frente
al embarcadero, como esas dos caras que son también una copa, dos
perfiles de tierra negros se recortan sobre el agua enmarcando la salida
de la pequeña bahía, simétricos. Más allá, los últimos restos del
poniente aún se reparten entre cielo y agua, apagándose la pátina del lago
ligeramente antes. El volcán ya es gris y negro, aunque la nieve conserva
aún cierta fluorescencia sutil, como un resto de goce. Su fumarola ha
crecido ahora y alcanza a otras nubes, dibuja seres extraños que van
cambiando.

«Otra variante similar es no conocer a fondo a la compañía, en cuyo caso
es necesario darse prisa en delimitar márgenes y preferencias, hay que
construir rápidamente quienes somos para evitar equívocos. Esto resulta
entretenido, pues en el proceso se consigue rellenar con horas y horas de
agradable charla los largos desplazamientos pasillo y ventanilla. (Y, a
diferencia de la persona que nos hacía sentir aceptadas de antemano, esta
desconocida puede, al dejar de serlo, abrir un par de grietas en el casco
de lo que somos, puede dejarnos alguna lección de vida que tal vez
aprendamos).
»Sin embargo, una vez repasado el muestrario de episodios divertidos,
frustantes o asombrosos, una vez que se ha hablado de la infancia y de
amores terminados o marchitos, cuando podemos empezar a decir que
'conocemos' a la otra persona, de nuevo se abre ante nosotros
irremediable la espiral que te decía. Y es peor en este caso, porque
podemos echar en falta la ayuda de esa cierta lealtad incondicional que
dan los pasados compartidos, el cariño antiguo.

»Y bueno, viajar sola se parece más al segundo caso, salvo que no llegas
a 'conocer' a nadie a fondo. Tal vez lo interesante está justo ahí, o en
su contrario: nadie llega a 'conocerte', nunca. Y esto que a primera
vista suena como algo absolutamente indeseable, resulta ser una
circunstancia casi mágica que la eleva a una, que nos hace grandes.
Intentaré explicarme.»
En la oscuridad intuyes sus ojos, que desprenden una fuerza que antes no
tenían, y en su voz notas ahora un aire nuevo, más vivo, más firme.
Prosigue: «Viajar sola es no tener quien la defina a una, es estar
obligada a definirse en cada encuentro, en cada conversación. Quién eres
tú, te preguntan varias veces al día. De qué país vienes, a qué te
dedicas, cuál es la ruta que sigues, quién eres tú. Y la inocente
pregunta se vuelve contra una, ¿quién soy yo?, y caemos en la cuenta de
que hay decenas de respuestas correctas. Viajar sola es caminar sin
muletas, es una encrucijada en cada paso, es un proceso de construcción.
A veces compruebas que montas un personaje en tres o cuatro frases, y que
otras tres o cuatro igualmente correctas hubieran dado lugar a un tipo
totalmente diverso.
»Así, existe la posibilidad también de ser otra, de actuar como actrices
o actores, de fingir. Para esos encuentros efímeros que suceden todo el
tiempo (compañero de autobús, de hostal, de refugio, de restaurante),
podríamos inventarnos un pasado nuevo cada vez, ser quienes deseamos ser
o, mejor, quienes nuestro interlocutor desea encontrar. Es, por supuesto,
una falta de respeto, un menosprecio hacia el otro y no lo hacemos. Pero
la posibilidad está ahí y su mera presencia ya determina.
»Porque, aún cuando no juguemos al juego de las máscaras, el desafío de
respondernos a ¿y quién soy yo? en cada encuentro nos deja siempre
vagando a media luz, aproximándonos, sin alcanzarla nunca, a esa persona
que creemos ser, a esa en la que creemos.
»A este proceso, a esta búsqueda de respuesta a la pregunta más sencilla,
podemos llamarlo simplemente 'vivir'. Y claro, es un proceso que
realizamos continuamente aunque no viajemos. Sin embargo, para mí es
bastante obvio que se acelera en estas condiciones, que el progreso es
mayor. A mí me parece que viajando sola vivo, en definitiva, más.»

Ya es noche cerrada, y crees que necesitarás muchos días para comprender
lo que, en un rato, la voz de esta viajante señora ha puesto a tu
alcance. Tiene 65 años, y una familia que la espera en Bristol, Gran
Bretaña. Imposible saber si sabe quién es, si estuvo actuando para ti.
Pero hay algo compacto, algo duro como roca y tan auténtico en ella que te
lleva por delante, que te doblega. Mientras se despide, comprendes que de
alguna manera crees en ella, pese a que no estés de acuerdo con algunos
planteamientos. Torpemente, tratas de decirle lo mucho que has valorado
sus palabras. La maldices un poco también, entre risas, por la tarea
inmensa que te deja en prenda: viajar, ahora. Vivir.


P.S.: Esta cuenta de correo va a dejar de funcionar en unos días. Creo que
sabéis dónde contactarme a partir de ahora, ¿no? Besos!!

P.P.S.: "Cuando viajo miro los paisajes / que me miran y que pasan / como
pasan por mi vida los colores del sol. / Y la mirada es un paisaje / que
refleja las palabras / circunstancias mejoradas por el filtro que hace /
mi corazón".


--
Crónicas de Indias y Antárticas
http://partepolar.blogspot.com

viernes, 29 de febrero de 2008

Patagonia, II

A las seis de la mañana estás llegando a la gasolinera y ves las luces del camión ya arrancado. Te asustas, no quieres perderlo: aprietas el paso y al llegar descubres al chofer (pronúnciese así, a la francesa) mateando plácidamente con el encargado de la estación de servicio. Te les unes y al cabo del rato estás ya avanzando despacio por lo oscuro de la noche y por el ripio. Amanece poco a poco, y otra vez hay una muestra sutil de colores suaves y el aire quieto huele a cosa nueva, tal como si acabaran de retirarle el embalaje a la neblina que flota sobre el suelo en cada vado.

El viaje transcurre en conversaciones en las que de nuevo se suceden los mismos temas, en el mismo orden: la abuela 'gashega', el expolio español, la independencia, el expolio inglés, el expolio generalizado, la corrupción, Menem, el tuerto Kirchner, la posible, esperada, vuelta de la Argentina al lugar que merece. Temas regados con mate, por supuesto, y evitando entrar en el fútbol.

Al cabo de unas tres horas, el camión llega a su destino y a ti te da algo. Contrariamente a lo que pensabas, el destino no era un pueblo a mitad de camino entre Gregores y la ciudad de Perito Moreno, sino un "campamento" temporal de trabajadores en la ruta. Son tan grandes las distancias en esta zona del mundo, que para arreglar las carreteras sale más rentable montar un asentamiento en mitad de la nada para que los trabajadores duerman, que ir y venir de la ciudad más cercana. Para colmo, justo antes de apagar el camión, tu anfitrión te informa de que la ruta aún no está terminada en esta zona y que la mayor parte del tráfico hacia el norte prefiere dar un rodeo por San Julián o Piedra Buena. Vaya.

De modo que te ves de nuevo en mitad del desierto, ahora con el agravante de que ni siquiera estás en la ruta 40 propiamente hablando. Y bueno, la tarea de descargar los 30000 litros de combustible llevará probablemente todo el día, de modo que, a unas malas, piensas que si a la tarde no te ha recogido nadie, volverás a Gregores con el tráiler. Volver a Gregores, jamás pensaste en que esa perspectiva pudiera tranquilizarte ni un poquito. Lo primero es averiguar si alguien de la empresa va a ir hacia el norte en las próximas horas: nadie. Cuando salen de aquí, las camionetas de Petersen sólo vuelven hasta Gregores, te explican. Un poco más desanimado que de costumbre, te dispones a dejar pasar las horas junto a la ruta, por la que, desde que llegaste hace una hora, no ha pasado ni un sólo coche.


Así, te sientas a leer. Y pasa una hora, y vuelves a untarte protección solar, y sigues comiendo polvo. Ahora zumban un par de camionetas en dirección sur, y en las caras de las ocupantes adviertes la sorpresa de verte allí, donde nadie se sentó nunca. Pasan dos horas más y nada. Ni un sólo coche hacia Perito Moreno. (Por la vía de servicio de la obra, sin embargo, el tránsito es continuo de camiones y camionetas, que sólo consiguen ilusionarte un par de segundos cuando ves la columna de polvo, hasta que los identificas). Acabas el libro, lo empiezas de nuevo. Te cubres la cabeza con una camiseta. Te levantas, te sientas.

Miras alternativamente el progreso de la descarga de gasoil que ya comenzó, los camiones de la obra y el punto de la carretera en que aparecería quien te llevara, si apareciera. Y claro, aparece. Alejandro McLean, gerente y propietario de una empresa que monta naves industriales ("tinglados", lees luego en su tarjeta), detiene su coche. En realidad lo detiene casi porque no tiene más remedio: te plantas en mitad de la ruta y casi imploras, con los brazos en alto, dispuesto a convencer a quien sea como sea para salir de allí. "Necesito llegar, aunque sea, a Bajo Caracoles, necesito que me saques de aquí". "Sube, anda."

Incrédulo, dejas la mochila en el cajón de la camioneta, saludas con el brazo y sin ver al camionero amigo y entras. Con los nervios has metido el pie entero en el polvo de la cuneta, y este coche esta limpio, es nuevo. Procuras que no se note mucho, Alejandro te estrecha la mano y arranca. En un instante, vas a 120 kilómetros hora sobre el carril de tierra, disfrutando del aire acondicionado y de buen rock argentino. Ante su pregunta sorprendida, tratas de explicar cómo fuiste a parar a donde estabas, las indicaciones erróneas que te dieron, el malentendido: "¡La cagaste!", suelta con media sonrisa. 


Sólo esta alegría que sientes por dentro al volar sobre la llanura inmensa, sólo esta sensación de victoria que empieza a invadirte ahora en este coche puede compensar y compensa esa angustia de estar perdido, esa ansiedad que nunca dejaste crecer pero que siempre estuvo rondando en la cuneta. Invitas a Alejandro a comer en Bajo Caracoles (las cuatro casas que no pasan de venta o ventorrillo) y a la tarde llegáis a Perito Moreno. Allí, coincide que la gasolinera está justo al lado de la terminal de autobuses, y que el bus hacia el Bolsón sale en una hora. Tomas unos mates con Alejandro junto al coche, prometes escribirle un email, compras algo de fruta y subes al autobús, donde observas alguna cara conocida. No puedes evitar mirar de otra forma a los "exploradores", que seguramente ni han bajado del bus desde la última vez que los viste.

Tomas asiento y escribes. Lo único que empaña un poco la sonrisa grande que sientes por dentro es que aquellas personas con quienes la compartirías, para hacerla buena de verdad, están lejos. Lejos pero cerca. Son para ellas, estas líneas.



jueves, 28 de febrero de 2008

Patagonia, I

Nunca lo tuviste muy claro: era más un deseo abstracto que una propuesta tangible o firme voluntad. Sabías algo de la ruta 40, esa carretera que atraviesa Argentina de punta a punta, de sur a norte o al revés. En ti evocaba sin remedio todo lo que de aventura y vida veías en este viaje, solo, en el Cono Sur, pero a la vez sabías improbable dar ese paso al frente que te expusiera a algunos de sus 5000Km, al polvo y el viento, al desierto patagónico de la 40.

Ya aquí, has llegado a El Chaltén desde El Calafate y el bus (turístico de más, con chofer anglófono y rosaditos exploradores occidentalísimos o de Israel) pisó la 40 en algunos kilómetros, pero tú ni lo notaste entreteniendo el paso con un libro o sueños. O con la vista del Cerro Torre y el Fitz Roy, míticas cumbres de la escalada andina que refulgen al fondo del valle como gemas. Ibas por ella, pero aún no estabas en la 40. 

Fue sólo anoche, cuando te dijeron que no había plazas en el colectivo hacia el norte hasta dentro de tres días, que te lo planteaste en serio. Tan en serio como las cosas que la vida decide por uno, tan en serio como que tres días más en El Chaltén acabarían con tu paciencia y tu bolsillo.

De modo que hoy, 6:30 y tú en la carretera. Mientras el amanecer provoca colores insólitos en el cielo tras de las cumbres nevadas (crees primero que son gamas de azul, luego descubres el rojo que en gotas lo tiñe todo de violeta, tras la nieve), los primeros autos salen del pueblito y te ignoran duramente. Luego, sobre las siete, se abre el catálogo de los currelas de las obras del pueblo y el asfalto, gente oscura que maldice o que te indica con la mano que van y vuelven, que no te llevan. Pavimentan las calles de El Chaltén, y con eso tienen.

Tu pose sonriente, dedo alzado y mirar tranquilo, proviene y lo sabes de que es la primera vez que viajas así. Y sí, parte del desafío es esta iniciación, esta ceremonia de entrada al mundo del auto-stop, que tantas veces habías imaginado y que ahora afrontas, tan solo como puede estar alguien que esté solo en el fin del mundo, con su mochila. Porque 'hacer dedo' no es una forma de viajar barato. No para ti, no así, no aquí. Si todo viaje de verdad puede suponer un salto afuera, una aceptación a manos llenas de lo otro que nos reta (que nos reta a vivir), viajar en el auto de personas desconocidas maximiza el riesgo y
la exposición y la vida. Maximiza el viaje.


Y en esas cosas y en un libro de Castaneda entretienes los minutos y las horas sentado en la mochila bajo el sol, mientras una y otra vez pasan los autos y te dejan en tierra. Cada vez es mayor el esfuerzo por no abandonar tu aplomo, parece que comienzas a perder la paciencia. La 40 no pasa realmente por El Chaltén, y crees que saliendo hasta el cruce tendrás más posibilidades (es realmente bajo el número de coches que transitan por aquí). Decides tomar el colectivo de la una y media hasta ese punto, 90 kilómetros.

Cuando desciendes del bus y ves la nada, el páramo agreste que cunde en las cuatro direcciones, surcado por el viento y la 40, te ríes por dentro. Los "exploradores" te han mirado con sorpresa al bajar ("dónde irá este"), y el chofer te estrecha la mano, te pregunta si vas a hacer dedo y te desea "suerte, papi".

Te has reído por dentro y esa risa te eleva, pero al mismo tiempo, al ver el bus partir y medir la distancia durante largos minutos hasta que es sólo un punto verde indistinguible, te preguntas cuánto durará, si no habrás expuesto demasiado, si te recogerá alguien en este desierto a horas de ninguna parte: cómo pasar la noche aquí. Tienes agua y comida, tienes tiempo. Buscas con la mirada una sombra o un lugar propicio con buena visibilidad y acabas sentada en el lugar donde estás, junto a una señal que indica 153 kilómetros hasta el primer lugar habitado. Sacas el libro, bebes un trago de agua y esperas.


Tras cuatro horas infructuosas en las que han pasado no más de 10 coches en la dirección adecuada empiezas a considerar cruzarte al otro lado e intentar volver a El Calafate, que parece más fácil de conseguir. En ese momento, una camioneta blanca enciende el intermitente y para al fin. Con este tipo (administrativo de una empresa de construcción que pavimenta algún tramo de la 40 más abajo) pasas las 3 horas siguientes, hasta llegar a Gobernador Gregores.


Juanjo tiene 26 años y, como toda la gente aquí, un abuelo 'gashego'. Salió huyendo hace unos meses de Tucumán, en el norte, tras estrellar por tercera vez su auto y separarse de la madre de su hijo. Conduce a 120 por el ripio (carril sin asfaltar) y habla de Carlos Sáinz y de venir a Europa. Los bajos de la camioneta golpean el piso sin cesar, y el polvo se cuela en la cabina por todos los resquicios del chasis desvencijado. Juanjo recorre esta desolada región inmensa, sin nadie,
esquivando a veces guanacos o ñandúes, escuchando cumbia ("Nuevas lunas") en el altavoz del móvil, y sacándote del primer apuro serio de este juego límite.
Juanjo te trae hasta Gregores y te ayuda a buscar alojamiento. Te dice que, sobre las 7, salen furgonetas con empleados de Petersen, una empresa situada en la 40, de la que Gregores está separada unos 85 kilómetros. Siguiendo su consejo, te quitas el polvo en la ducha ruinosa de la pensión y te acercas a la gasolinera donde nadie sabe nada, y donde tropiezas ya con la aventura de mañana. Un tipo y su hijo de 9 años van en tu dirección, y se ofrecen a llevarte. "¿Sabés cebar el mate?" es la única condición.


A unos metros de distancia, enorme y señalado por la barbilla de su conductor, está aparcado el camión cisterna de YPF que hasta ahora no habías visto y que será tu transporte mañana. 30000 litros de gasoil, a 50 kilómetros por hora, tomando mates, a las seis de la mañana. Cenas y descansas: sueñas con el páramo, con la Patagonia.



viernes, 22 de febrero de 2008

Parte polar, 17

Abandonas la isla sin pena. Has pasado en Decepción menos de quince días en total, y sabes que no has llegado a ser de aquí. Sin embargo, te llevas el rasguño de haber pertenecido a esta extraña comunidad, la que forman diez militares escogidos y unos veinte apasionados científicos.

Por el lado castrense, recordarás esta misión del Ejército de Tierra en la Antártida por su sentido del humor. Partiendo del Comandante (al que todo el mundo llama simplemente "Jefe", y quien conquistó de ti ese tratamiento también, sin ser tú nada de eso), se propaga a todos los miembros de la unidad y no hay conversación sin chiste o ironía, sin ese uso preciso del sarcasmo que tanto disfrutas.

Para ellos es un lujo estar aquí, esta es una misión absolutamente excepcional. De nuevo nombres inquietantes planean sobre sus vidas, pasado y futuro pueden llamarse Kosovo, Afganistán o Líbano, y el color sucio perlado de Decepción forma un paréntesis soñado, un remanso de nieve sólo afectado por la voz de sus familias al teléfono, tan lejos. Tienen suerte de estar aquí, lo saben. Y lo demuestran cada día con su arrojo, su entrega y su alegría.

El lado de los científicos lo conoces más. Sabes de cerca lo vacía que está la palabra Ciencia cuando rueda por despachos y pasillos, el nimio lugar que ocupa en la escala de prioridades de tantos que de ella comen. Recubierta de una dura capa de burocracia, sometida al interés individual por medrar, queda poca Ciencia en universidades y centros de investigación.

Así, resulta preciosa la voluntad de los que vienen aquí a poner en marcha la Ciencia de esa forma que imaginabas pero que rara vez habías podido ver. Personas geólogas, vulcanólogas, biólogas o meteorólogas, gente enamorada de su disciplina y capaz de trabajar cada día, por ejemplo, más de ocho horas en una playa batida por el viento y el aguanieve, que luego completan a la noche, tras la cena, con otras cuatro o cinco horas en un laboratorio de campaña frío y mal iluminado.
 
Mucho has aprendido de estas personas y mucho agradeces al subir a la zodiac que al buque te lleva. Abandonas la isla sin pena, pero un pellizco por dentro confirma que no eres ya del todo la misma persona que hace un mes llegara, que no estás intacta. El increíble paisaje, los bichos y matas que aquí resisten, y un
puñado de personas buenas te mandan a casa cambiado por dentro. Crecido y sonriente.

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Pero no, no es a casa a donde el buque te lleva: tienes por delante
cuatro días de navegación hasta Punta Arenas, Chile, y luego un mes
para llegar a Buenos Aires. Para empezar, hacia el norte inabarcable,
la Patagonia espera...

jueves, 21 de febrero de 2008

Parte polar, 16: la Ventana del Chileno

Bahía Balleneros está en el interior de la isla Decepción, en Puerto Foster. Forma un semicírculo dentro de la herradura que queda del volcán que fue la isla, y es uno de los sitios antárticos catalogados como históricos. En la orilla del mar, el suelo volcánico evapora el agua de la playa elevando nubes de vapor en una luz misteriosa. Allí, de la base antártica británica queda un hangar y el módulo principal (Biscoe House), y de la industria ballenera casetas destartaladas, bidones oxidados del tamaño de edificios, barriles descompuestos y, claro, huesos.









Caminar por esta zona provoca una mezcla de fascinación e inquietud, una cierta reverencia por el trabajo durísimo de los que aquí vivieron (y perdieron la vida: el cementerio quedó sepultado en la última erupción: quedan dos cruces solitarias en un campo de piedra pómez). Fue en 1911 cuando una empresa ballenera noruega estableció por primera vez un asentamiento en la Isla Decepción. Era una planta para procesar las capturas y trasladar la materia prima hacia el norte consumidor. Veinte años duró el negocio y la empresa: lo que tardó en venirse abajo el precio del aceite de ballena.

Más tarde, 1944, en plena tensión guerrera, los británicos establecieron una base en la bahía, haciendo uso de algunos de los edificios abandonados por los noruegos. Oficialmente, la misión de la base fue "la meteorología y la operación de una pista aérea de apoyo a actividades de reconocimiento y a las otras bases británicas en la Península Antártica". La batalla por la Antártida estaba en su apogeo. Pero fue la propia isla la que rechazó al hombre, en las sucesivas
erupciones del 1967, 1968 y 1970. Desde aquél momento, Bahía Balleneros es un museo de la devastación, un catálogo de erosiones y derrumbamientos. En dos filas paralelas, los grandes depósitos de aceite, de diez metros de diámetro y altura se oxidan bajo la niebla.

Enormes tuberías en su base testimonian la circulación de litros y litros de aceite de ballena, calentado para que no solidificara. Tu voz se multiplica de una forma extraña en el interior del cilindro, suavemente iluminado por los agujeros en el techo.

(Junto a la playa, queda el testimonio de una estructura, también metálica y oxidada, que podría haber conducido el aceite hasta los buques noruegos. Pasas a su lado y, por entre los agujeros que el mar provocó en su chapa oyes un rugido. Te asomas para recibir el impacto de un nuevo sobresalto: un lobo marino se ha colado en el recinto que queda bajo el metal oxidado y te enseña los dientes gritando amenazador. Nunca un susto te hizo tanta gracia, ni fue motivo de tanta ilusión. Prosigues bordeando la playa.)


Más allá de los derruidos edificios de madera de la empresa, unas lanchas balleneras se descomponen cubiertas de líquenes. De unos ocho o diez metros de eslora, tienen una sóla abertura en cubierta. Una vez que los arpones habían sido clavados en el lomo del bicho, la escotilla era cerrada herméticamente con los hombres dentro. La lucha desbocada del cetáceo por sumergirse hacia el silencio del abismo azul era frenada por la boya de madera que formaba la lancha y sus tripulantes. La ballena claudicaba y, flotando, era acercada al buque para su despiece.

Aún más allá, un grupo de unos cien barriles de madera para el aceite, en su día colocados de pie, a ocho o diez por banda, yacen semienterrados en el piroclasto (la diabólica arena volcánica). Los hierros devorados por los sulfuros, y las duelas abiertas, formando hoy extrañas flores grises que emergen de la arena negra. 

Finalmente, en el borde del cráter que es la isla, por encima de los barriles, hay un collado que llaman "la Ventana del Chileno". Una historia habla de que los integrantes de la base antártica chilena de Decepción huyeron por ese sitio durante la erupción del 1970. Otra cuenta que, cuando estaba la factoría ballenera en pleno trabajo, el buque que traía al pagador venía, una vez al mes, a repartir los sueldos de las 2000 personas que sufrían el crudo clima de la isla. Cuando se aproximaba la fecha, siempre había alguien asomado al collado para ver si el buque aparecía, para desear que apareciera. El pagador venía acompañado de una troupe de prostitutas, imaginas que mucho más esperadas que el dinero en un lugar en que éste no servía para gran cosa. Casi puedes sentir, entre los escombros de las casetas, la conmoción que recorría al asentamiento cuando alguien gritaba desde La Ventana al avistar el barco. Al cabo de unos días, el buque partía de nuevo con las prostitutas: también con gran parte del dinero que, en un negocio redondo, había pasado de las manos avaras a las temblorosas de los balleneros, y de estas de vuelta a las manos usureras del patrón. Te imaginas que una mínima parte quedaría en las últimas de las últimas: las manos de las prostitutas. 

"El Chileno" era el nombre del buque del pagador.

domingo, 10 de febrero de 2008

Parte polar, 15: karaoke


"Informativo: esta noche, a partir de las veintiuna treinta, tendrá lugar un karaoke en la cámara de transporte. A todos los que acudan se les invitará a una copa." 

Al principio, sólo la oficialidad se sienta alrededor de la televisión de gran tamaño que preside la sala. El comandante, el jefe de máquinas, el cuerpo médico, algún sargento y casi todos los oficiales. Dos micrófonos van cambiando de manos bajo la dirección de doña Carmen, oficial de suministro y en este momento gobernadora del portátil que impone sonido y letras a la fiesta. Sonido y casi no música, porque son versiones electrónicas de las canciones y suenan todas igual.

Los Centellas, Sabina, Sergio Dalma, Rafaella Carrá, Eros Ramazzotti, El Arrebato, Bisbal, y así una tras otra. Con el cambio de guardia de las once, doña Carmen (en el barco se usa el don para los oficiales, que tienen tu edad) abandona los mandos y el Comandante se retira ovacionado tras un bolero electrónico y graciosísimo. 

Ahora el relevo lo empieza a tomar la marinería y sabes que estás entrando en las entrañas del buque, que esta gente llevan cuatro o cinco meses subidos en el Las Palmas, que aún les quedan por lo menos dos para volver a casa. A su otra casa. Ya hay quien se levanta del asiento: el alcohol va dando frutos en forma de sevillanas, de pasodobles con las científicas, que superan el trance con apuros. Es la Cabo Adela (la segunda de las tres mujeres a bordo) la que controla ahora el cotarro, hace rato ya que no suelta uno de los micrófonos y lo canta todo.
Gallegos, andaluces, asturianos. Afganistán, Kosovo, Serbia. Sus historias te impactan porque, mientras en casa tú te preguntabas acerca de aquellas "misiones de paz", ellos estaban ahí, en esas noticias que leías con indiferencia, las que la tele vomitaba y los políticos engullían para volcarlas de nuevo por el suelo del salón de tanta gente. Ponerle cara a ese ejército en esta forma, en este contexto tan ajeno a lo que creías que conocías, te cambia un poco.

Se hace tarde y van cambiando los turnos de guardia, se van renovando las caras pero las historias que cuentan o ves en ellas siguen siendo tremendas. Cansado, dejas atrás a esos tipos enormes en su diferencia, esa gente que viviendo en tu mismo mundo estaban al otro lado todo el tiempo sin que lo supieras tú. Duermes en el sollado de popa y estás aprendiendo tantas cosas.

Parte polar, 14

Sobre la base argentina Almirante Brown, hay una loma cubierta de nieve, frente a un glaciar gigantesco. Bahía Paraíso ha amanecido clara, los témpanos varados relucen ya sus aristas y hay focas leopardo encaramadas a algunos de ellos. Otros son grandes como campos de fútbol. Junto a uno de ellos divisas un barco. El turismo antártico. Hasta este lugar llegan al año cientos de buques turísticos que cambian varios miles de euros por diez días de blanco y azul desde las ventanillas de un camarote de lujo. El barco se acerca a los glaciares, todo el mundo toma la misma foto y se sirve centollo en el comedor principal antes del baile de gala. 

Ahora toca bajar a tierra, y las zodiacs se acumulan en el amarradero de la base, repletas de gentes que huelen a dinero. Bajan poco a poco y de a poco se trepan a la nieve tras la base, guiados por tres o cuatro responsables de la empresa. Resulta un espectáculo inquietante verlos deslizarse sobre la nieve, una vez arriba, sobre una bolsa de basura. Se desvela un poco más el privilegio del que disfrutas. Sonríes y lo escribes.

viernes, 1 de febrero de 2008

Parte polar, 13: Bahía Paraíso


Cuando despiertas el buque está ya en marcha de nuevo. Hoy es el día en que cruzarás el Círculo Polar Antártico. Si todo va bien, a la noche estarás frente a Avian, la última de las islas que vas a visitar en busca de los pingüinos barbijos, adelias y papúas. 

Pero llegas a la cámara de científicos y te encuentras al Comandante sentado en una de las sillas y te extraña. Está hablando con otro investigador, otra de las personas que navegan ilusionadas hacia abajo: saludas, te sientas. La conversación está terminando, el tono del Comandante es indudablemente de disculpa, de explicación. Comprendes que el buque ha invertido la marcha y vuelve al norte. Lo confirma luego el otro investigador: motivos logísticos, falta de tiempo en definitiva, han determinado que el viaje acaba aquí, que tendrás que conformarte a este lado del círculo imaginario que marcaron los hombres, el trazo en el mapa que parece agravar lo inhóspito del paisaje que ya muestran las escotillas. No pasarás el Círculo Polar Antártico, pero el viaje sigue, claro que sí.

Es distinto el barco ahora que no baja más. Huele peor, es más pequeño, más sucio y menos rápido. Pero sabes que sólo te han privado de una parte pequeña de un regalo enorme, así que no sufres y miras adelante, al próximo destino: Bahía Paraíso.

Allí llegáis ya por la tarde, y compruebas que el nombre hace justicia. Se hace evidente el tópico y casi no hay palabras que te sirvan para compartir la increíble belleza de este sitio. El mar en calma, sin viento ninguno, multiplica en reflejos especulares las montañas que caen en verticales cortes hasta la orilla, los glaciares que son cada valle, cada collado. La pátina del agua se extiende en todas direcciones hasta topar con la costa de hielo que se rompe y a veces cae en témpanos grandiosos. El sol de tarde contribuye de nuevo al espectáculo y las cumbres dudan, dividen su blanco entre amarillos lavados y el azul glaciar de siglos de agua apretados en cada veta. 

En la bahía, una base chilena y otra argentina serán destino mañana del grupo de científicos. Esta noche, te dispones a dormir con el suavísimo vaivén del mar en calma. Hace días ya que no sabes nada de quienes te leen y ese vacío te pesa a veces con dureza. A lo único que alcanzas es a ponerlo por escrito y mirar las cosas que te rodean con tus ojos y los de esas personas que te forman más aún ahora que de cerca no te contienen. A eso y a la memoria esta que te aviva.


martes, 29 de enero de 2008

Parte polar, 12

Embarcas en la zodiac, que está abarloada en la proa del Las Palmas. A la orden del patrón, el proel larga amarras y justo en ese momento ¡mira! ¡allí! un lomo enorme sale del agua a unos diez metros del barco, una ballena, esta vez cerca. Negra, brillante, la piel del animal más grande se asoma al aire tres, cuatro veces más mientras se aleja la zodiac. Navegando hacia Orne (un pedrusco nevado frente a Isla Ronge) os despide mostrando la cola y, claro, quedáis de nuevo en aquello que decíamos, sin aliento.
Sólo que el aliento se queda dentro también por lo inmenso e irreal de la fotografía que te rodea. Divisas la costa, toda de glaciares, agujas, ventisqueros, lenguas de nieve, escarpados cerros negros, grises, rojos, esas formas retorcidas y afiladas. Hay partes que no ves, ocultas por grandes témpanos varados en la bahía que exponen sus azules lamidos, sus moles inmóviles y a la vez ingrávidas. No te cabe, no entra entre dos ojos tanta grandeza. Giras la cabeza aún otra vez y no hay descanso a tu asombro: los colores mutan sin cesar con las nubes móviles que filtran el sol, se altera la paleta interminable de reflejos de mar y hielo: las nubes sobre el mar y contra el hielo, el hielo contra el mar bajo las nubes, el mar, el mar.

*    *    *


Te alejas un poco de la pingüinera y tras el primer cerrito, en un nevero verdeado de algas entre lajas y pedregales, ves que duerme un bicho grande. Su cuerpo cilíndrico y lo que ves de las aletas mientras te acercas insinúa una foca o un lobo marino. Te sientes volver a los diez años, eres de nuevo aquella personita apasionada por la zoología que devoraba las láminas de libro tras libro, que pasaba horas observando insectos, que corría cuando en la calle aparecía una tienda de animales. Te deja aproximarte, cautamente y sin un ruido, a unos cinco metros y no mueve un músculo: duerme. En ese punto, te agarra un pellizco de respeto y miedo, das en pensar que igual una foca leopardo, que igual un despertar malhumorado, que quizá no te tema suficientemente. La piel que ves muestra manchas blancas sobre la capa gris que predomina, un bicho así, moteado y corriendo detrás tuya no es quizá lo que prefieras que ocurra en este islote a millas y millas de cualquier cosa. 
No, retrocedes, vuelves y preguntas, sí, no, foca de Wedell, sí, foca cangrejera: respiras y retomas el acercamiento. Ya sin miedo, llegas a metro y medio del enorme mamífero, que te observa soñoliento y sin gana ninguna de moverse. Como una vaca con cara de perro, aletas de pez y bigotes de gato: ahora comprendes las descripciones de algunos animales que dieron los antiguos, que viendo no acreditaban, que no sabían, como tú no sabes, ubicar en tu mundo tal proeza increíble. Y no te acercas más porque respetas, porque amas de repente la forma en que te deja que te acerques. Porque comprendes su mirada perezosa, agradeces su paciencia y la abandonas en la nieve, al sol que luce ahora, en su descanso benévolo y confiado. 

sábado, 26 de enero de 2008

Undécimo parte polar

Llevas unos días en la isla y ya te vas. Partes con destino sur, más al sur todavía. El plan original es que el barco te deje en un lugar llamado Caleta Cierva (justo después de Caleta Inútil y hace rato ya que dejaste de preguntarte por los topónimos de estas tierras), donde vas a montar una estación sísmica como la que queda funcionando ya junto a la base, en Decepción. 
Pero los últimos días han sido un vaivén de versiones contradictorias, desde que tuvísteis noticia de que la base argentina Primavera, en Caleta Cierva, no había podido ser abierta por problemas técnicos en los motores del buque que allá iba. Si realmente la base no está abierta, quedan tres posibilidades: una es acampar allí o refugiarse en la habitación que forzosamente deja franca toda base o refugio polar (y de montaña). Pasarías allí cuatro o cinco días, aislada, sin calefacción ni ducha, comiendo comida militar de emergencia o pingüinos que cazaras contra el Tratado Antártico y por sus apreciados muslos (su pechuga es escasa). Esa perspectiva (que imaginas escandalizará a parte de las lectoras consanguíneas) no te desagrada del todo, tiene su aquél, pero es poco probable.
La segunda posibilidad es que el barco te espere fondeado en la playa. Bajarás cada día temprano a tierra, y volverás a subir para dormir y descansar. Pero eso retrasaría la planificación de la campaña, afectaría seguro a otros proyectos y depende, en último término, del Comandante. La tercera es no montar la estación, comprometiendo fatalmente los resultados del proyecto.
Sin embargo, cualquiera de las dos últimas opciones lleva premio. En teoría, una vez que desembarques en Caleta Cierva, el barco sigue hacia abajo, bordeando la costa de la Península Antártica. Las "pingüinólogas", que estudian a los barbijos de Decepción, han de tomar muestras en diversos emplazamientos más al sur, llegando casi hasta el final de la península. Por supuesto, cuatro o cinco días de navegación aquí, en lo que imaginas una aventura de témpanos y auroras australes, junto a tu probable colaboración en el trabajo de campo, no te parece mala forma de pasar el tiempo.

Lo que es cierto es que esta noche, tras la cena, embarcas de nuevo en el buque "Las Palmas" y pierdes de nuevo la conexión. Si el oleaje lo permite, seguirás escribiendo estas notas. Luego nos las mandas, que sepamos.

miércoles, 23 de enero de 2008

Décimo parte polar

Imagina una playa. Ignora el agua, ahora no interesa. Centra tu imaginación, en cambio, en la arena: observa las franjas de pedruscos irregulares y puntiagudos que se extienden en franjas definidas, abarcando colores que dibujan el recuerdo de un volcán. Imagina la playa de una isla volcánica en forma de herradura. Imagina Decepción.


Mira, las piedras más livianas de esta playa son rocas redondas y esponjosas, volcánicas burbujas de piedra pómez de color café con leche. Se arraciman sobre la playa, petrificando un poco la ola que las trajo. Hay también negras obsidianas como oscuros meteoros, opacos desechos del vientre de la tierra. Además, piedras rojas, sólidas, marrones, amarillas, horadadadas, blancas o grises, desconocidas.

Imagina plumas entre las piedras. Sí, es cierto, hay plumas de gaviota y de esos otros pájaros pardos cuyo nombre por el momento ignoras. Pero las hay también de pingüino, plumas de pingüino en la playa de Decepción.


Justo entonces, imagina que oyes un grito a tu izquierda y que, cuando miras, ya ha salido del agua un ejemplar de pingüino barbijo que te mira brevemente. En realidad, te mira de pasada, y cómicamente se muestra como quien irrumpe en la habitación equivocada. Mira a un lado. Mira al otro. Mira atrás, al mar; da un pequeño paso. Mira a un lado. Inicia un movimiento de huida y se para. Exacto, eso es: vestido de frac, estaba convencido que, al salir del ascensor llegaría al salón del hotel en que se celebraba el homenaje a un importante pingüino, y sin embargo está en esta playa fría e inhóspita, donde para colmo alguien lo observa. 

Mas no se deja intimidar. Disimula. Se recoloca unas plumas de aquí, de allá, se rasca bajo el ala, sacude la cabeza concienzudo y ahora parece hacer el papel de quien ya salió del mar a esta playa cientos de veces, miles. Indiferente, con sus hombros caídos, se pone a observar ahora el horizonte nevado, como considerando la cantidad de nieve caída este invierno aquí, o la larga pleamar de hoy. Te ignora sin piedad, pretende estar sólo en la playa, y, al cabo (tal vez cuando considera que ya no parece un inútil con frac en el rompeolas), da unos pasos hacia el agua.

Erguido, buscando con la cabeza el agua que apenas le cubre los pies, camina un trecho hacia dentro y se tumba queriendo nadar. Pero no, el agua no lo cubre todavía, brega un trecho con la panza contra las piedras y, por fin, alcanza la profundidad que le permite desaparecer, en una fracción de segundo, de tu vista.

Su aparatosa salida no contribuye a disminuir la carcajada que te rompe dentro y que te guardas.


Pero imagina que en la playa hay también, desperdigados, grandes huesos de ballena. Pon que caminas hacia una vértebra de un palmo de diámetro, blanca, desgastada, asomando entre las piedras. Piensas en el animal que la llevó por el mar en el pasado, imaginas su dimensión descomunal. En tus días en Decepción, visitarás lo que llaman Bahía Balleneros y oirás la historia. Tal vez muy pronto. Hoy, ya, duermes, descansas. Mañana veremos.


martes, 22 de enero de 2008

Noveno parte polar: hielo

Amanece y algo ha cambiado: el barco no se mueve, al menos no como antes. Tu primer pensamiento es que la Antártida, con toda la carga mítica que durante estos meses ha ido acumulando, está ahí. Te levantas y una ojeada rápida a la escotilla de tu camarote descubre, flotando en el agua, trozos de hielo. ¿Trozos de hielo en el agua del mar? 
Al salir a cubierta, ves tierra después de tres días de azul y azul: tierra y nieve. Entre los neveros que llegan al agua, en la pequeña bahía frente al barco, lo que debe ser la Base Juan Carlos I. Desde el barco hasta la costa, trozos de hielo irregulares, pequeños como restos de una explosión o un derrumbamiento, lamidos por el agua y mostrando extrañas formas y agujeros. Increíblemente, en algún trozo de hielo más grande se tiende hierática una foca leopardo, depredador antártico.
Se procede al desembarco de material, el barco leva el ancla y parte hacia Decepción. Después de los tres días del Drake azul y azul, olas y nubes y aburrimiento, las tres horas de tránsito entre ambas islas parece el paseo por un parque de atracciones. Los pingüinos te sorprenden al principio, saltando ocasionalmente allá donde miras, en pequeños grupos. Al cabo de un rato no merecen ya mención de ninguna de las personas que se acumulan en el puente.
Entonces, en el horizonte, el radar detecta dos témpanos de considerable tamaño, y, poco a poco, van apareciendo, como islas dibujadas. El primero pasa cerca, y te asombra el veteado azul y blanco, lo firme de su flote, la mágica deriva que lo lleva a ningún sitio. Por el minúsculo tamaño de los puntos negros que ves sobre el lomo del hielo, pingüinos, te imaginas el tamaño de la mole que en la distancia flota y apenas das crédito. Cuando el témpano apenas ha sido rebasado por el barco, por la otra banda resopla una ballena, lejos, mostrando la cola y dejándote, de nuevo, difusa.
Y así, vislumbras ya la costa de Decepción, y el buque se encamina hacia los Fuelles de Neptuno, la pequeña entrada al interior de la isla con forma de herradura. Soplando a proa hasta 60 nudos, la maniobra de entrada es el momento más tenso de la travesía. Toda la tripulación está en su puesto, alerta y a la orden, que es impartida por el oficial de maniobras y supervisada por el Comandante. El timonel repite los rumbos que el oficial dicta, y la nave pasa ajustada, dejando las escarpadas paredes a menos de diez metros en inquietantes momentos. 

Fondeado ya el buque frente a la base Gabriel de Castilla, al fin desembarcas y el suelo deja de moverse. Son las 11 de la noche (aunque sea de día) y caes rendido en el catre al fin inmóvil. Hace más de 72 horas que dejaste América, reposas al fin en el continente helado, descansas. Y, de nuevo, sonríes.

domingo, 20 de enero de 2008

Octavo parte polar: mar gruesa.

(De nuevo uso la dirección del Buque Las Palmas para escribir sólo a los emails que recuerdo de memoria. De nuevo, por favor, no respondáis a esta dirección, sino a jla@et-antartica.es, a no ser que sea algo urgente o importante. Poned "Para Científico JLA", en ese caso.)

El buque, pequeño y lento, cabecea en una inmensa extensión de olas sin fin. Detrás de él, persiguiéndolo siempre, hay tres o cuatro grandes, de lomos rizados y azules fríos que acaban por adelantarlo. Cada vez que una de estas olas lo sobrepasa por debajo, el barco se inclina unos 30 grados por cada lado, primero hacia babor, luego a estribor. Si llegara a 45 —y la última vez que cruzó el Drake lo hizo, dicen—, sería más cómodo caminar por la pared que por el suelo. 

Lleva recorridos ya dos tercios de la distancia que separa Ushuaia de las Islas Shetland del Sur, y tiene prevista la llegada mañana al amanecer. El viento es fuerte (20 a 30 nudos) por la aleta de estribor y las olas, furiosas, son de mar gruesa, unos 4 a 6 metros las más grandes. Mejor de lo previsto, según el Comandante.


Pasas tu tiempo entre el puente, a verlas venir, y la cama, a sentirlas por dentro y notar su potencia ciega. Desde el puente, puedes ver algunos pájaros pequeños, charranes y petreles, dameros... y también los enormes albatros. Magos del aire que jamás baten alas, planean sobre las olas milimétricamente, dibujando con la punta de un ala la superficie del mar, por más agitada, espumosa e irregular que ésta sea.
 

Ayer, acabado ya el Canal de Beagle, un delfín austral saludó la derrota recién emprendida. Blanco y negro, como orca pequeña, nadó junto a la nave por espacio de un minuto, despidiéndose con un salto a cuerpo entero y dejándote suspensa en lo de siempre. En el cómo y porqué de esas proezas, tan al margen de tus empeños miserables, tan perfectas en lo simple y sin motivo.

Pero has amanecido ya dos veces a bordo y te aburres más que nada. Logras evitar el mareo yendo a lo justo, evitando las entrañas del buque cuanto puedes y tumbándote en tu litera al menor síntoma. Desde allí, como preso, deseas aligerar los minutos, que pasen las horas cuanto antes y puedas pisar tierra pronto y ver los hielos. A veces, entre las sacudidas del barco, has soñado con las personas que sabes te siguen en lo lejos, y esos sueños te dejan brevemente desterrada, impotente, azul. Aún así sonríes. Y, lentamente, escribes.

sábado, 19 de enero de 2008

Séptimo parte: zarpamos

(Este parte llega sólo a algunas de vosotras, las direcciones que recuerdo de memoria. Lo mandaré al resto cuando llegue a la base. Sí queda colgado en partepolar.blogspot.com. No respondáis a esta dirección sino a la otra.)

Por el sistema de megafonía del barco oyes que todos los científicos han de presentarse en el comedor, y esto te sorprende tratando de encontrarle el truco al compartimento minúsculo donde han de caber todas tus cosas. Sales a cubierta y acudes a la llamada.


Te unes a las otras veinte personas y os apretáis en un comedor en el que apenas caben diez holgadamente. El barco aún está amarrado y aún hay personas de la tripulación que llegan apuradas y de paisano, después del día de permiso, con pequeñas bolsas de recuerdos o tabaco. Afuera, en cubierta, las más nostálgicas o enamoradas aprovechan estos minutos finales de cobertura móvil para, escondidas en los rincones menos evidentes, despedirse de quienes quieren. Es la despedida de un encuentro que nunca se produjo, ya que del mar venían y al mar van, y eso aumenta el dramatismo de sus figuras encogidas por la nostalgia y, en algún caso, las lágrimas.


Tras la amable bienvenida oficial del Comandante, el Segundo Comandante os cuenta las normas del barco con campechanía y buen humor. "Los barcos más difíciles de hundir son los militares, pero, como sabéis, aunque esto sea la Armada este buque no es militar". No salir a cubierta de noche sin avisar, no salir tampoco con mar gruesa. Desayuno a las 8, comida de 1 a 3, cena de 7 a 8. Prohibido vomitar en los labavos. Durante el desatraque podemos estar en los balcones del puente, pero no en las alas del mismo. 


Acabada la charla, te devuelven tu pasaporte con el sello de salida de Argentina (volverás a tierra por Chile) y todo el mundo sube a cubierta a contemplar la maniobra de salida.


Efectivamente, el Comandante, situado en el ala de babor del puente, imparte órdenes a un oficial que las transmite por radio a otro oficial que, en popa o en proa, dirige a cuatro o cinco hombres. Las cuatro grandes maromas son soltadas sucesivamente en tierra por un tipo que no es de la tripulación, y recogidas con esfuerzo por tres, cuatro marineros. Milimétricamente, el barco se va separando del muelle a las órdenes del Comandante y completa la maniobra de giro para poner proa hacia el Canal de Beagle (nombre del buque en que llegó aquí Darwin) y dejar atrás Ushuaia de una vez.



Hasta que salga a mar abierto quedan unas cinco horas, luego todos hablan de "un Drake malísimo". Aprovechas que ahora el viaje parece un crucero y tomas estas notas.
P.S.: Tomás, la matrícula hexadecimal del barco: 9c 083 75a 34a 34a 1

viernes, 18 de enero de 2008

Sexto parte polar: antes del Drake



Ayer entraste al barco por primera vez. Es un barco pequeño, el más chico de los que están atracados en el muelle, y los militares que has podido conocer son gente de mirar claro. Imaginas que estar finalmente atracados después de cuatro días sobre el paso del Drake debe dejar tranquilo a cualquiera.


Conoces al Comandante y la impresión es buena. No da la impresión de imponer demasiado la jerarquía, el ambiente en general es relajado. El segundo de a bordo, el Segundo Comandante, es una mezcla afable y rubicunda entre Popeye y un legionario. Te estruja la mano.


Los camarotes, la "sala de científicos", la cubierta única que imaginas barrida por las olas... sabes que harás de este lugar tu casa. Lo que no sabes es en qué estado estomacal.


Por la tarde, vas al Lago Escondido. Otra científica debe tomar muestras de agua, para analizar los contaminantes, y la acompañas. Te ves por fin en el campo, respiras puro y se te llena la mirada de plantas desconocidas. Los árboles, 'lengas', se retuercen en el bosque denso, y cuando sale el sol no evitas sonreir y acordarte de tus compañías de montaña. Las cimas alrededor muestran nieves perpetuas, anticipo de lo que se viene a partir de esta noche.





Porque ya esta noche embarcas. La travesía será de unos tres días durante los que será difícil escribir. Escribir, leer, comer y, en general, todo lo que no sea yacer en cama, sujetarte y dormir. Eso dicen, ya veremos. Lo afrontas sin miedo, con la firme determinación de lo inevitable y con el suave mareo que te acompaña ya desde antes incluso de ver el barco en el muelle. Sonríes y abordas: let's rock.

miércoles, 16 de enero de 2008

Quinto parte polar: sobre los Andes

Se abren las nubes y se te corta la respiración. Bajo el avión, las montañas se extienden hacia todos lados. No son montes, no son cerros: la nieve cubre parte de ellas y la falta de vegetación en los claros no deja duda de su increíble altitud. Comparado con lo que conoces (la vereda desde Elorrieta al Caballo, el circo de Gredos) la principal diferencia es la extensión. Veinticinco, sesenta mulhacenes sólo en la parte que ves, salpicados de lagunas azules que seguramente no tengan ni nombre ni leyendas.

En Ushuaia se hace de noche a las 11:30, y no mucho. Esta ciudad, que no es pequeña (70.000 personas), tiene un cierto aire 'Doctor en Alaska' que el dueño del pub /Invisible/ acrecienta. Músico y lector de Pizarnik y Vallejo, pasa el largo invierno construyendo mosaicos de madera inspirados en la obra de Escher. Sillas, mesas y paredes del local son un homenaje al aburrimiento y la marquetería. Para cuando acabe este verano, quiere tener lista la maqueta de 3x2m, en relieve, que magnifica el cuadro de las escaleras, aquél en el que se sube y se baja al mismo tiempo. Lo ha situado en el fondo del escenario del bar, en el que brilla una batería completa color caoba.

En Ushuaia se hace de día a las 5:30. Así, te vas a la cama  pensando en el barco, que mañana arriba a puerto como un símbolo griego de viaje y conquistas. Como un símbolo griego, sin más. Duermes.

Cuarto parte polar: destino San Martín


Cerca de Plaza Italia, quieres volver a casa. Son largos los pasos de
hoy y duelen los pies de forma acorde. Preguntas por un bus, un
colectivo, que te deje en la Plaza San Martín, cerca de donde paras y
a unos 45 minutos a pie de donde te encuentras. "Tomá el 161. Pero
fijate que pase por Martelli, no por Florida. Es más rápido así."
Tras tres o cuatro buses de duda, consigues descifrar la confusa
cartelería y subes a uno. "¡Uno cuarenta" Te parece mucho, pero además
no tienes suelto más que un peso. Los conductores no dan cambio, ni se
enrollan, de modo que éste te hace bajar en la siguiente y buscas
cambio.
Tras más de media hora, ya te empieza a parecer que nunca vas a volver
a casa, y así se lo dices a la chica del kiosko que no te dio cambio
junto a la parada. Es una suerte que ya esté todo listo y que al final
de la calle aparezca el que te llevará a San Martín y al que ahora
subes.
Como está casi vacío eliges un asiento junto a la ventana y te
dispones a seguir el trayecto sobre el plano turístico, descifrando
los indicadores verticales de las encrucijadas. Cuando el viaje está
por salirse definitivamente del mapa por la esquina derecha, una
sombra de duda te asalta. Preguntas a una pareja, afirmando casi, si
el bus volverá pronto a entrar en el mapa, pues no te explicas una
vuelta tan larga para ir a la plaza San Martín. "Sí, no te preocupés,
volverá. Pero a San Martín te quedan fácil 45 minutos." No tienes
prisa, sonríes.
El caso es que conforme el viaje excede el dibujo del plano, el
paisaje indica que se está entrando, de veras, en la Argentina.
Quedaron atrás las limpias avenidas, las tiendas de lujo y lo moderno.
Por la Avenida del Cabildo se te ocurre que estás en uno de los muchos
Zaidines que rodean Buenos Aires. Tiendas apretadas, luminosos
agresivos, bares, pegatinas y cartelitos, fruterías, supermercados.
Pero también indios, mucha gente con la traza inconfundible de quien
puebla el Zaidín del mundo, de quien abajo sueña, cuando no trabaja,
con las compras que al de arriba cunden.
Y ya decides que algo no va bien en este trayecto, la sospecha de que
este bus no te lleva donde quieres ir se hace cada vez más incisiva.
Pero te lo han dicho, y te cabe la hipótesis de que este bus vaya y
vuelva a un arrabal, que te lo muestre y te trate bien, que te deje en
casa tras la película. Además no tienes prisa, y sabes que es ahora
cuando realmente estás viajando. Queda tarde larga aún por el verano,
en el peor de los casos tomarás luego el mismo bus de vuelta, el 161.
Por Martelli, claro.
Y junto a tí rostros exhaustos se duermen sobre el pecho, manos
cansadas y recias se entrelazan apenas entre las piernas. Es la tarde
y hay músculos y mentes que se distienden y olvidan: es la tarde y el
poniente ve abrirse la flor del sueño trabajado sobre el rudo vaivén
del anciano autocar. Fuera, de los ocho carriles de Av. Cabildo quedan
sólo dos en Sáenz Peña, y ya las casas muestran desconchones y
talleres mecánicos, pequeñas tiendecitas y carnicerías, niños sin
camiseta jugando al fútbol y árboles que crecen contrahechos junto a
las tapias. Hay abuelos morenos sentados en los trancos, y tienen en
la cara impreso el reflejo del autobús en el que vas: el reflejo mismo
de cada día, de muchos años.
Finalmente, llega la inútil confirmación de lo que todos en el bus ya
saben desde un principio. En el cartel oxidado de una papelería, y más
adelante de nuevo en el del mercado municipal, lees con media sonrisa
el rótulo "San Martín", y te llueve de inmediato la certeza: no es
sino al pueblo de San Martín que acabas de llegar.
Ahí lo tienes: ambos están dedicados al Libertador. La plaza con
bronce ecuestre y mármoles, con llama perpetua inclusive y dos
uniformados, y el pueblito de arrabal con idéntico nombre en que la
gente duerme luego del laburo en la capital federal. La una oficial,
buscando desesperadamente una dignidad que le es inalcanzable por lo
mismo, y el otro vivo, rebosando gentes dignas, pura argentinidad sin
pretensiones. Creo que sabes ya a por qué viniste.
Así, todo ya desvelado, sin nervio ni emoción ni riesgo alguno, bajas
del bus como el que aprende; preguntas sin más cómo volver como el que
sabe; vuelves a San Martín, plaza, en un tren que es otra historia y
te prometes compartir ésta sin saber si sabrás ponerle el trozo que
ahora saboreas y que ya es tuyo. Lo escribes.








domingo, 13 de enero de 2008

Tercer parte polar

Aunque poco polar aún, chanclas y camiseta, en la excelente temperatura
de Buenos Aires. Tras dieciséis horas de prisión presurizada a 11 km
sobre el nivel del mar, son ya Latinoamérica y sus cosas las que me
viven. Ya es el verano repentino, las empanadas y la Quilmes Cristal,
una sorpresa sonriente cada vez que alguien escucha mi acento (así,
acento con "ze", ese sonido casi medieval que me delata), rasgos
aindiados y edificios sin terminar.
Empieza de verdad la aventura, y empieza por suturar las heridas que
siempre nos nacen cuando (nos) partimos por gusto: las que me duelen a
cada rato de no poder contar con aquellas con las que compartiría todo
esto si estuviéseis.
Y empieza con una historia de lucha, es el caso que en todos lados
cuecen habas, especialmente aquí. Salud!

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Después de una persona con sida y otra con menos de 10 años pidiendo
para comer, que se acerque esta señora con una pañoleta negra y te
tienda un papelito sin más palabras, capta tu atención. "Todos con los
trabajadores del Casino", es el encabezado del papel. Recuerdas haber
visto junto a la Casa Rosada, en los tramos de empalizada que se
apilan a su alrededor, grandes pintadas acerca del Casino, pero no
tienes idea de cuál pueda ser el problema esta vez. De modo que le
preguntas, cuando está para salir, que qué ocurre en el Casino.
Ella es familiar de uno de los trabajadores del Casino Flotante Puerto
Madero [1] (50% capital español, suspira), clava en ti una mirada de
madre atacada, de justicia violada, de defensa propia. Con infinito
cariño, con esa maternidad poderosa, te cuenta emocionada cómo eran
las condiciones de trabajo en el Casino, los horarios abusivos, el
trato vejatorio, las embarazadas que han perdido a sus hijos por el
laburo y sobre todo, los despidos injustificados. Cuenta con rabia
cómo los sindicatos se alinean del lado del dinero, cómo los
trabajadores deciden organizarse, cómo fueron a la huelga [2] y lo que
las autoridades maquinaron para poder abrir [3].
Cómo las patotas irrumpen con violencia en una asamblea de los
trabajadores y cómo los agentes de la policía del ayuntamiento no sólo
no protegen a los trabajadores sino que amablemente acompañan a los
violentos hasta la salida [3].
Finalmente te cuenta que los trabajadores están acampados en la Plaza
de Mayo y también en las entradas al Casino, cómo la lucha sigue y
cómo no parece que haya solución posible: el dueño del casino es
íntimo de Néstor Kirchner [4] y le fue ampliada la concesión cinco
días antes de que el ex-presidente dejara el cargo.
Con un beso y esperanza, esta madre de todos los de abajo te deja en
la promesa de contar su lucha y proseguirla donde puedas. Esta madre
te enseña en un momento cómo son las cosas en Latinoamérica, cómo es
este continente saqueado, cómo es el mundo que heredamos.

[1] http://www.cirsa.com/casinos/puerto_madero
[2] http://www.casinosenlaweb.com/casinos/huelga-casinos-puerto-madero/
[3] http://www.impulsobaires.com.ar/nota.php?id=36868
[4] http://www.perfil.com/contenidos/2008/01/12/noticia_0012.html
[5] Página de los delegados del Casino: http://www.delegadoscasinobsas.com.ar

miércoles, 9 de enero de 2008

Segundo parte polar

Amigas,
Es ya miércoles y es el viernes cuando parto hacia la Antártida.
Algunas personas recibísteis un primer parte polar, para otras éste es
el primero. De las primeras, no todas confirmásteis que os interesaba
saber de mí, pero muchas lo habéis dicho de palabra, por eso os vuelvo
a incluir a todas. Por supuesto, si alguien quiere una baja, que la
pida. :)
Además, y por el mismo precio, estos mensajes van a ir directos a
una web, http://partepolar.blogspot.com, donde, si dejáis comentarios
no voy a poder leerlos hasta mi regreso a la civilización.
Porque el tiempo que esté en los hielos no tengo mucha conexión a
internet, según me han dicho. Cuando el Comandante quiera, podré
enviar y recibir emails en esta cuenta de correo, pero no visitar
páginas web ni usar otros servicios (chat etc). Y esto es sólo
mientras me encuentre en la isla Decepción, porque el resto del tiempo
no tengo ni idea de si tendré acceso al correo. Para que os hagáis una
idea, este es el calendario estimado (dependiente del estado de la
mar) para mi estancia:
11-ENE: Granada - Buenos Aires
15-ENE: Buenos Aires - Ushuaia
18-ENE: Tránsito a la Antártida en el buque Las Palmas.
21-ENE: Desembarco en isla Decepción
25-ENE: Tránsito a Caleta Cierva
26-ENE: Desembarco en Caleta Cierva
30-ENE: Tránsito a isla Decepción
31-ENE: Desembarco en isla Decepción
09-FEB: Tránsito a y desembarco en isla Livingston
13-FEB: Tránsito hacia Punta Arenas, Chile
17-FEB: Desembarco en Punta Arenas, Chile
20-MAR: Buenos Aires - Granada

En la medida que sea posible, trataré de contar por este medio las
cosas que ocurran y las que se me ocurran. Mientras tanto, en esta
ocasión os dejo con una foto y las bonitas palabras del cuaderno de
bitácora del Buque de Investigación Oceanográfica Las Palmas. Salud!





* Expedición: Campaña Antártica B.I.O. Las Palmas
* Fecha: domingo, 06 enero 2008

POSICION
* Hora UTC........ 12:00 23:59
* Latitud.............Fondeados al 147
* Longitud..........de Punta Murature

DATOS METEOROLOGICOS
Viento.............................14 Nudos SW
Estado de la mar.............. Rizada
Visibilidad........................ 10 KM
Temperatura.................... 3 º C
Humedad relativa............. 90 %
Nubosidad....................... 6/8 Cúmulos

ACAECIMIENTOS IMPORTANTES
* Comienza la singladura de buen cariz fondeados en Puerto
foster frente a la B.A.E. 'Gabriel de Castilla'
* Al orto regular amanecida con cielos cubiertos, viento
frescachón de poniente y marejadilla.
* Al ocaso buena anochecida con cielos parcialmente cubiertos,
viento fresquito del SW y marejadilla.
* Finaliza la fondeados frente a la B.A.E. 'Gabriel de
Castilla' a la espera del amanecer para cruzar los Fuelles de Neptuno
y continuar la segunda fase del proyecto DGPS.

P.S.: Os ruego que no me enviéis a esta dirección ningún fichero
adjunto, a riesgo de que el Comandante tome medidas contra mí que no
quiero imaginar (limpiar los retretes es una buena). Pero escribidme,
sí!