sábado, 14 de febrero de 2009

Parte polar: Bahia Maxwell

    En tus primeros días en el barco (ya lo contaste), parásteis en Bahía Maxwell, donde se daba la mayor aglomeración de bases antárticas de todo el continente. Hoy, puesto que el avión no ha salido por falta de visibilidad, te ves de nuevo en el barco, fondeado en la bahía. Sin nada que hacer, surge una visita a tierra junto a un fotógrafo amigo y su descomunal teleobjetivo.

     Os dejan en la playa, y mientras la oficial "de protocolo" marcha a ejercer repartiendo cuadros conmemorativos y botellas de vino, contemplas la pequeña ciudad que es esta base, mitad chilena y mitad rusa. Decenas de módulos y edificios de madera se extienden a partir de la playa, en un desorden evidente y sucio. Calles: el espacio que queda entre los módulos alineados no puede definirse de otra manera, en esta base antártica hay calles.

     Tomáis en dirección a la famosa ermita ortodoxa rusa, de la que ya habías oído hablar en alguna ocasión. Se alza en una colina, cruzando la carretera que demarca la frontera entre Chile y Rusia, pues aquí estos dos países resultan ser vecinos. La zona rusa es más modesta, tiene más el aspecto de una base científica. Alcanzando ya la colina, puedes ver que la ermita es efectivamente curiosa. Hecha íntegramente en madera y sin clavos, con grandes troncos cruzados en sus esquinas, y tres minúsculas cúpulas puntiagudas, coronada la mayor por una cruz con tres crucetas.

     Sofroniy debe ser el único párroco ortodoxo de este continente. Tiene tu edad y hace chirriar las pocas frases que en castellano sabe poniendo en ello toda su alma y el interés de un escolar ante un examen importante. Se atranca, retrocede, se habla a sí mismo musitando en ruso, encuentra al fin la raíz de la palabra que busca y, tras un par de tentativas, acaba conjugándola de la forma más insospechada y absurda. La buena voluntad del auditorio pone el resto, y consigues entender que la iglesia fue construida en 2004 ("dos mil años y cuatro"), que admiten católicos en sus ritos y que está abierta el sábado y el domingo a unas horas que olvidas inmediatamente por inútiles, ya que esperas salir de aquí pronto. También dice algo del aniversario, que debe ser por estas fechas, y, como excusándose, trepa una escala que da a la torrecita de la iglesia. Los faldones de su negra sotana (sobre la que gasta un forro polar azul) desaparecen por la trampilla. Al momento, una melodía de campanas invade la pequeña iglesia y se expande por la playa, entre los módulos y más allá, sobre el hielo y el agua helada de la Antártida.

     Cuando alcanzas el piso superior, lo que ves te transporta muy lejos. Sofroniy toca simultáneamente seis campanas con inscripciones cirílicas mediante un sistema de cordeles. La mano derecha golpea una cuerda que acciona simultáneamente el sonido de dos campanas pequeñas, las más agudas, clinclín, clinclín. La mano izquierda dispone de tres cuerdas horizontales, que hacen sonar tres campanas medianas a tres tonos distintos, tin, tan, ton. El bordón, una campana de unos cuarenta centímetros de diámetro y voz grave y penetrante, es accionada por el sacerdote con el pie, mediante una cuerda con estribo. El resultado es una música de matiz oriental y místico, sobria y repetitiva, inesperada.

     Marcháis de la iglesia obsequiados con un pequeño icono de marco plástico plateado, y, tras fotografiar un farolillo junto a las siglas CCCP en una pared de la base rusa, volvéis a cruzar la frontera y os internáis en Villa Las Estrellas ("47 habitantes" reza el cartel). El afán soberanista de los chilenos hace que este lugar tenga consideración de pueblo y que vivan en él un puñado de familias, niños incluídos, que disponen de escuela y estafeta de correos. La iglesia católica es bastante más grande que la otra, con dos filas de bancos de madera, aunque su aspecto exterior, azul y amarillo, recuerda una decrépita caseta de feria ambulante.


     De ahí, con permiso del comandante, os dáis un paseo hasta la Gran Muralla, como se conoce a la base china Cheng Chang, que queda a unos dos kilómetros. Tras un rato de camino, unas piedras grabadas con rojos ideogramas te dan la bienvenida a este otro mundo dentro del extraño mundo que es este continente. Edificios de tres o cuatro plantas, una esfera de comunicaciones de cinco metros de diámetro y trabajos de profunda remodelación es lo que te encuentras en esta base. Grandes excavadoras, un par de camiones-grúa, movimiento de tierras, viejos edificios descascarillándose oxidados, un muelle de cemento... Te preguntas cómo piensan los chinos que cumplen con el Tratado Antártico, especialmente en el punto que dice que cualquier instalación debe ser transitoria y poder ser retirada sin dejar rastros de su presencia.

     Os coláis en el edificio principal, cuyo comedor está decorado con guirnaldas y farolillos. Cuando os descubren, alguien que dice ser el médico de la base os explica que acaban de celebrar el año nuevo chino. Cortés pero poco entusiasmando, os invita a un café en polvo, os hace pasar a la tienda de souvenirs y agota la conversación hasta que os dáis por vencidos y salís, sin probar la comida antártica china, a esperar la zodiac que os recoge y os devuelve al barco.

     Tal vez mañana se levante la niebla y podáis por fin salir de aquí.

  

lunes, 9 de febrero de 2009

Parte polar: Glaciares Johnsons y Hurd

(Cuando escribes esto tienes el dedo gordo del pie derecho un poco entumecido. Hace ya unas cuantas horas que saliste de allí pero aún la sangre no circula bien del todo bajo la piel. Nunca habías pasado tanto frío)
 
    Desayunas en el primer turno, a las siete, y a las ocho menos cuarto estás ya con la ropa térmica, la protección solar y las gafas de ventisca puestas. Los dos técnicos de montaña y la investigadora que estudia los movimientos del hielo de los glaciares Johnsons y Hurd estaban ya listos también, y salís de la base cuando la actividad apenas comienza en ella.
    Hasta el refugio de montaña, que se encuentra al pie del glaciar, hay unos 20 minutos de ascensión. El día está nublado, pero por suerte no hace viento y tampoco nieva. La temperatura es de 1ºC, lo normal. Una vez allí, te prestan un abrigo de plumas, un casco y un arnés, que te abrochas mientras los técnicos arrancan las motos de nieve y preparan el material para el día de trabajo. El abrigo te parece casi innecesario, pero confías ciegamente en los dos expertos montañeros, bregados en nieve, hielo y subidas a picos inaccesibles.
    Durante los varios años que dura el proyecto, se han instalado varias decenas de estacas en puntos concretos del glaciar, y mediante mediciones via satélite los científicos monitorizan el movimiento del hielo. El trabajo de hoy consiste en revisar algunas de las estacas, alargarlas en caso de que hayan quedado cubiertas por la nieve o sustituirlas si el viento las quebró. En cada una hay que medir la posición mediante GPS, con una precisión de centímetros. A una seña de uno de los técnicos te montas en una de las motos ya arrancadas.
    Se pone en movimiento y, tras subir la primera loma, el montañero que la lleva (parco en palabras y hasta brusco a veces) te dice que te bajes. Como confías ciegamente en él, desciendes y te quedas de pie en la nieve mientras la moto arranca de nuevo y se pierde por donde vino. Ante la falta de explicaciones, imaginas que ha vuelto al refugio para ayudar a la otra moto (que arrastra un trineo con el material y la investigadora) a subir la fuerte pendiente en caso de que sea necesario. Te giras en torno y compruebas que eres el centro de una extensión inmensa e inclinada de nieve, enmarcada por el cielo y montañas lejanas en casi todo el perímetro excepto por el lado inferior, que da a la bahía en que se encuentra la base, donde van a romper este y otros glaciares azules.
    Por seguridad, siempre son dos las motos que se mueven por el glaciar, y van unidas por una gruesa cuerda. Así, en caso de que una caiga en una grieta, la otra puede evitar que se desplome por el abismo de cientos de metros que son a veces las brechas del hielo. Aparecen ya ambas motos y paran, a recogerte y a enganchar la cuerda de seguridad que hasta ahora pasó desapercibida para ti en el suelo.
    Así enganchadas, enfilan hacia el centro del glaciar y, cuando todo es blanco, parece que navegan. El palmo de nieve caída ayer es la superficie de un mar sin color que rasgan los patines de la moto. Cuando sopla un poco el viento, levanta la nieve unos diez centímetros sobre el suelo, ondulando como agua en torno a la moto. La ausencia de referencias cercanas desorienta: los primeros kilómetros están señalizados con banderitas rojas, como boyas flotantes en la nieve, pero luego te resulta difícil creer que realmente alguien sepa a dónde váis. Al fin, de lejos, te parece ver una estaca al frente, y es allí donde las motos paran.
    Para la zona en que se encuentra cada estaca, la investigadora dispone de una estimación de la nieve que la cubrirá este año. Si la nieve sepulta la estaca será un problema para localizarla el año que viene, y si se alza demasiado, muy probablemente el viento la quebrará. Se mide cuánto sobresale en este momento, y, teniendo en cuenta la previsión se alarga fijándole otro tramo o se clava más. Mediante una sonda (una varilla metálica de unos 4 metros) se comprueba la profundidad de la nieve de este año, hasta llegar al hielo, y te sorprende ver la sonda llegar casi hasta los tres metros.
    (Te explican que un glaciar tiene varias regiones diferenciadas: la zona de acumulación es donde la incorporación de nieve es superior a la cantidad que se derrite, la zona de ablación es aquella en que se derrite más nieve de la que cae. Respecto al movimiento de las marcas de la nieve, resulta que un glaciar es una estructura dinámica impresionantemente rápida: hasta cuarenta metros pueden desplazarse las estacas de un año al siguiente.)
    El viaje prosigue por el blanco contínuo de estaca en estaca, algunas separadas por distancias considerables. En una de ellas, es necesario poner en marcha "la cafetera". Ya antes has podido entrever un artilugio de metal y tubos en una de las cajas que viajan en el trineo, y ahora sale de allí como la cachimba gigante del más grande hombre de las nieves. Una vez prendido el gas que la alimenta, se ve que no es más que una olla a presión para fundir nieve y arrojar vapor. Por un tubo rígido terminado en una punta metálica agujereada, sale el vapor a presión que funde el hielo y permite excavar agujeros de varios metros de profundidad.
    Aunque las nubes tienden a retirarse y a ratos quema el sol, una brisa dura sopla constante desde los collados sobre el hielo. A causa de las peligrosas grietas escondidas, y por no ir encordado, no puedes separarte del entorno de la estaca, y el estar quieto va haciendo que el frío entre en ti incluso a través de la gruesa capa de plumas de la chaqueta prestada. Las manos te duelen por debajo de los guantes de montaña, y hace rato ya que no sabes qué fue de los dedos de tus pies. Tienes frío. Por momentos te parece estar con poca ropa, pese a llevar hasta seis capas de prendas técnicas de montaña. Miras incrédulo las manos a veces desnudas de los técnicos, y frotas las tuyas con fuerza inútil. Comprendes lo fácil que sería perder, grado a grado, el calor corporal (y todo lo demás) en este páramo helado, a miles kilómetros de cualquier sitio.
    La verdad es que a ratos sólo piensas en llegar a la base y calentarte, pero la mayoría del tiempo transcurre sin que puedas salir de la sorpresa y el asombro de cada perspectiva, de cada encuadre. Las grietas escondidas añaden tensión a los desplazamientos, y el sol luce cada vez más fuerte encendiendo el hielo de forma casi insoportable. Por fin, del amplio mar de la nieve ves surgir el refugio donde empezó la travesía, y cercano ya el momento de quitarte las botas y calentar tus pies.
    Hoy, de nuevo, llega el buque que te sacará de la Antártida. Ya en la base, comes algo caliente y preparas la maleta.

jueves, 5 de febrero de 2009

Parte polar: monte Sofía

       El día ha amanecido oscuro y con la nieve silenciosa que durante la noche se ha ido
acumulando en un manto leve y uniforme alrededor de la base Juan Carlos I, en la isla
Livingston. Ha seguido cayendo durante las primeras horas de la mañana hasta que, en
cuestión de cinco minutos, un frío vendaval sureño la ha sustituido, haciendo difícil
moverse fuera. El aire cortaba como afilada cuchilla y, frenético, se ha ocupado en
recolocar la nieve, quitándola de las zonas más expuestas y acumulándola a palmos en
cavidades y vaguadas.
       Pero, cuando apenas ha terminado el rato de relax de después de la comida, el viento se
acaba como al cerrar una ventana y con él se lleva en un momento la gruesa capa de nubes
que últimamente cubría los cielos inmensos de Bahía Sur. Y así, haciéndote olvidar la
dura ventisca y el gris de la mañana, luce ahora un sol inolvidable que reverbera en las
colinas blancas y en los frentes glaciales que rodean la base. Volviendo de un rato
bueno de trabajo, te encuentras con otro investigador que, junto a un técnico de
montaña, va a aprovechar la calma para subir al monte Sofía. Con este sol, no te lo piensas.
       Este cerro de 275 metros de altitud, domina la zona en que se emplaza la base y no por
casualidad lleva el nombre de la reina consorte. La subida se inicia por la parte de
atrás, donde los trabajos de remodelación que acabarán en una base nueva de aquí a unos
años son más evidentes. Abandonando la parte habitada, el camino serpentea por la ladera
refulgente. La nieve, por encima de las rodillas a veces, multiplica los reflejos del
sol amarillo y hace daño a los ojos por detrás de las gafas. Al hacer coincidir tus
pasos con las huellas profundas de los dos que te preceden, vas colmado en la dicha de
saber que estás haciendo justo lo que quieres, aquí, caminando en la nieve.
       El cielo totalmente despejado, el sol, la silueta de los Frieslands (pura nata montada
hasta los 1800 metros de altitud), los charranes y págalos que se persiguen gritando y
el aire tan frío que parece nuevo —sin un aroma que narre su historia—, hacen de la
subida un momento inolvidable. Y una vez arriba, la cima es más luz y montañas, hielos y
mar, todo el sol poniente sobre la nieve suave y este poder fuerte que te transforma. Te
dejas invadir por esta energía azul y dura, y la retienes, te la llevas y eres otro
cuando, acabando la tarde, bajas.
       Mañana llega el buque, te dicen, y empiezan así a terminarse tus días en la Antártida.
Te dispones a aprovechar los últimos.

lunes, 2 de febrero de 2009

Parte polar: XII, Decepción, 1967

(Transcripción literal del libro de actas de la Base Antártica Argentina Decepción)

"...se produjo el derrumbe de Punta Murature y Punta Buen Tiempo. El monolito en el lado
norte del canal de acceso a la isla no se observaba modificación alguna. El Piloto
Pardo, buque chileno fondeado en las cercanías había zarpado al exterior de la isla.
Realizadas estas observaciones y al disponernos a descender a la Base observé sobre la
costa norte de la isla, entre Caleta Péndulo y Bahía Teléfono, la primer erupción volcánica.
       Comenzó con una gran emanación de vapor de agua e inmediatamente la expulsión de lava
en forma violenta al aire, cenizas volcánicas y vapores sulfurosos. Regresé a la Base y
dispuse el arrojamiento de los tripulantes y en particular de Barahona que estaba con la
pierna enyesada. Al percibir que los vapores sulfurosos aumentaban y no siendo posible
la determinación de las consecuencias de este foco erupcional, ordené el abandono de la
Base para dirigirnos a la costa periférica de la isla en la Rada Pingüinera.    Antes del
traslado ordené la emisión de los mensajes de emergencia de rigor por radio-telefonía y
radio-telegrafía siendo imposible obtener respuesta de recepción por la gran interferencia.
       Se detuvieron los generadores, cerramos la Base y nuestro rumbo: Rada Pingüinera.
       La erupción continuaba con mayor intensidad alcanzando las piedras incandescentes
(bombas volcánicas) una altura de 1500 a 2000 metros. Posteriormente me enteré que
algunas alcanzaron al Buque Piloto Pardo, ubicado 6 millas al norte de la isla. El
trayecto fue realmente penoso, pues a la dificultad del traslado, hielo descongelándose
y grandes extensiones de nieve blanda se sumaba el acarreo del trineo con Barahona enyesado.
       Al iniciar la salida del destacamento, observamos una segunda zona de explosiones, de
mayor intensidad que la anterior, siendo las 20:30 del día 4 de diciembre, ubicada en
Bahía Teléfono. Encontrándome ya en camino a la Pingüinera con la dotación observé una
tercer explosión a la que le agregó el encendido de vapores combustibles. Durante el
trayecto pudimos observar grandes desprendimientos de tierra y piedras que se elevaban
entre 1000 a 1500 metros. Luego sobrevino un periodo de calma.
       La intensidad de los vapores sulfurosos hizo que usáramos las toallas [...],
humedecidas en la nieve para cubrirnos las fosas nasales. Durante este periodo de calma
se observaron intensas descargas eléctricas y fuertes truenos, fenómenos nunca
observados. Probablemente este fenómeno se produjo por la fuerte ionización en la
atmósfera, consecuencia de la erupción.
       En razón a la escasa existencia de elementos de supervivencia, no acarreados por la
rápida evacuación, la necesidad de confirmar la recepción de nuestro mensaje de
emergencia y apreciar la evolución del fenómeno, regresé a las 00:00 horas del día 5
junto con el cabo motorista Guanoros y el radioperador Oviedo. Logramos comunicarnos con
el Bahía Aguirre pese a las serias dificultades atmosféricas existentes, relatándose al
Señor Comandante de la Agrupación Naval Antártica los sucesos y coordinar un turno por
la mañana para fijar hora de arribo del buque a la zona. En esa oportunidad fui enterado
de la hora de arribo y que la dotación chilena e inglesa, desde esta última base estaban
siendo evacuados por el Piloto Pardo.
       Al mismo tiempo, también nos comunicamos con la Base Almirante Brown del I.A.A., los
que seguían paso a paso el fenómeno. Antes de retirarnos tomamos los víveres preparados
días antes, vasodilatadores y tres faroles a querosene, todavía quedaba, para usarlos
como calefactores.
       Al salir de la Base, la actividad volcánica continuaba en toda su magnitud, en esta
oportunidad observamos lo que nos pareció la actividad más intensa volcánica. Una
permanente lluvia de cenizas volcánicas nos acompañó siempre. Este fenómeno fue
comprobado por el buque Bahía Aguirre que se encontraba a 30 millas de la isla.
       Una vez con el resto de la Dotación y más animados por el próximo arribo del Buque,
construimos una choza de hielo. Este refugio nos permitió protegernos de una intensa
ventisca que comenzamos a soportar, especialmente el hombre enyesado.
       Preocupado por el avance de la erupción y el estado de las instalaciones, regresé con
dos voluntarios a la base a las 06:30 horas. Observé que la mayor erupción ó foco
erupcional se encontraba en Bahía Teléfono y junto con las bombas volcánicas se producía
gran cantidad de vapor -de agua. El Aguirre me confirmó su arribo a las 10:15.
Regresamos a la choza en Rada Pingüinera al tiempo que arribaba el Buque Bahía Aguirre.
       En cinco vuelos de helicóptero SH3 los tripulantes son evacuados. Luego, a las 12:30 me
embarco en el helicóptero para retirar de la base la documentación clasificada. Me dejan
reembarcándome 40 minutos después. La isla quedó prácticamente descubierta de nieve y el
hielo permanente tapado con una espesa manta de ceniza volcánica.
       Se regresa al buque el que zarpó posteriormente quedando la Base clausurada
precariamente y con todos los elementos listos para su puesta en servicio. El trabajo ha
sido intenso pero las comodidades disponibles nos permitieron que el mismo fuera todo el
tiempo detallado y eficaz. Todo esto hace de Decepción un lugar especialísimo y una
prueba real de soberanía que por razones tanto históricas como geográficas forma la
continuidad natural del cuerpo físico de nuestra Nación. En este momento la Naturaleza
rectora de nuestros actos decidirá sobre esta querida isla llena de incógnitas. Nuestro
pensamiento queda con todos los que permanecen como vigías argentinos en la soledad
Antártica.
       Aquí se está en una permanente lucha, la vida es muy dura y trabajas sin desmayos. Para
ello se requiere fe, coraje y una gran cuota de sacrificio y humildad en particular ante
lo majestuoso de este poder. Cuestiono, si, la ingratitud al esfuerzo solo mitigado por
la pasión y desafío que este territorio argentino, ha despertado en todos nosotros.

                         Buque Transporte Bahía Aguirre  -  Mar de la Flota, 7-XII-67



viernes, 30 de enero de 2009

Parte polar: Los Fuelles de Neptuno

        Después de un arriesgado viaje en zodiac, con mucha agua entrando y el timonel maniobrando con velocidad entre las crestas, llegas de nuevo al Buque Las Palmas, fondeado en Bahía Foster, en el centro del cráter volcánico de la Isla Decepción. Es raro ver marejada en el interior de esta segura bahía y hoy la hay fuerte. Así que aplazan el desembarco de material para mejor vez y el buque se prepara para levar anclas y poner rumbo al continente antártico. 
Pero antes de salir a mar abierto, es necesario cruzar los traicioneros Fuelles de Neptuno (Neptune's Bellows), única salida de la isla herradura (para los barcos y también para los vientos que soplan en la bahía). Pese a lo angosto del paso, que a ojo te parece que tiene unos doscientos o trescientos metros de ancho, el buque aproa primero hacia la costa del lado derecho, estribor. Se acerca ya preocupantemente a las rocas y la arena cuando al fin vira y —pareciera que ignorando la salida que cae de frente y parece fácil— enfila decidido a babor, hacia la otra costa escarpada. En el puente de mando, la tensión es palpable.
Hay un bajo peligroso y fuertes corrientes en los Fuelles de Neptuno, y muchos barcos pagaron por ignorarlas. Hace pocos años, el Las Palmas mismo rescató a otro buque que encalló imprudente, y eso contribuye a que esta maniobra sea tomada muy en serio. Queda un estrecho paso libre, ajustado, pegando a los acantilados en que termina la circunferencia incompleta en que has pasado los últimos días, y el barco se arrima a ellos en un movimiento que podría parecer de locos. Cincuenta, sesenta metros te parecen que separan el barco del farallón en el momento más grave, y es ahí cuando miras.
A la izquierda, el rompiente de roca que parece hecho de la madera envejecida de un naufragio se alza vertical como el muro ciego de un edificio de muchas plantas. Sólo abajo, donde el agua lame la roca, cede algo el marrón oscuro de la piedra volcánica a líquenes o algas que verdean ligeramente el perfil que deja la marea. Al otro lado de los Fuelles, la sólida roca envejecida se mezcla con descomposiciones y areniscas variando desde el ocre al rojo vino, en gradientes y entreveros bellísimos que forman pequeñas playas y roquedos negros. El gris perla del cielo, la lluvia fina y el oscuro azul, rizado de espuma, te piden, a voces, aprender a pintar (y a tu mente acude quien lo haría bien).
Saliendo, y a babor, una enorme aguja de roca como el tronco talado de un arbol milenario surge del mar unos metros más allá del final de la pared. En el corte de su cima hay pequeños petreles posados, mientras que otros manejan las corrientes y sobrevuelan el barco. Son petreles dameros, por el dibujo ajedrezado que lucen sus alas.
Salvados ya los Fuelles de Neptuno, en seguida el barco comienza el vaivén que le da la mar de fondo. De momento es soportable y así esperas que siga, pues navegando estas aguas no debería moverse mucho. Por si acaso, pides biodramina, te bajas al sollado a hacer tu cama y a ordenar tus cosas, tus ideas. Luego, escribes.

jueves, 29 de enero de 2009

Parte polar: saltar de un hielo

A la base chilena González Videla ha bajado también gran parte de la dotación del barco. Para esas personas, que en esta ocasión se pasarán 37 días sin pisar tierra, una visita de este tipo supone mucho. En varios turnos, van bajando a tierra, y ves distintos grados de fascinación en sus caras al ver los pingüinos que por todos lados rodean la base. Para algunos es la primera vez, otros llevan en sus cuerpos ya hasta cinco campañas antárticas, y hay pocas cosas que les impresionen ya aquí. Pero sí, camisetas del Rácing de Ferrol, una boina y hasta una bicicleta saldrán en las pintorescas fotos que llevarán a casa esta gente.
Y al volver al barco, te quedas para el último viaje junto a algunos científicos y a los suboficiales de máquinas, gente gallega y canaria y en su mayoría primerizos en pingüinos. Una vez puesto el traje de supervivencia (un mono estanco de colores chillones con el que se puede flotar en el agua helada sin notar siquiera el frío que, sin él, te haría morir en unos dos minutos), y justo antes de arrancar el motor de la zodiac, una voz cascada sugiere dar un paseo entre los hielos azules que flotan frente a la base. Por supuesto, otras se animan clamando por colonizar un iceberg, y el timonel parece asentir increíblemente en su silencio. Tú, tragas saliva.
Elegida la presa, una con un reborde a modo de muelle a la altura de la borda de la zodiac, donde el intenso blanco se degrada en azules reflejados en todas direcciones, comienzan a saltar entre grandes risas de ilusión infantil (en esas voces roncas). Ya hay uno que panza abajo hace uso del tobogán natural del que dispone el hielo, mientras otro trepa a lo alto lanzando gritos. Un tercero salta, y otro y otro más. Arrancado y sin pensar, entregas la cámara a alguien y el sexto eres tú. El témpano es bastante grande, calculas a ojo que como el salón de tu casa, y, de momento, estable.
Pero entonces una voz de alarma llama al timonel de la zodiac porque otro hielo, más pequeño, se desliza bastante rápido en dirección a la goma inflable en la que quedan aún otras seis personas. La zodiac se retira mientras el nuevo hielo ocupa su lugar y, presas de la excitación, dos marineros saltan de un hielo a otro como si tuvieran quince años. Como sigue moviéndose, deben darse prisa en volver al hielo grande, pero uno de ellos no lo ve claro. El otro salta, pero las dudas de éste hacen que quede aislado en el segundo témpano, que sigue alejándose metro a metro del nuestro para gran diversión de todos, incluído el marinero que en él viaja. Para no perder ni un ápice su imagen intrépida, se dedica a posar, tumbado, como en la playa.
Y no habiéndote repuesto de la risa viva que todo esto te está causando, oyes un ruido enorme CRAAAAACK!! a tu derecha. Unos metros más allá, un tercer témpano de hielo, al que hace un momento llamábais la seta por la extraña figura que representaba, ha reventado en un crujido enorme partiéndose en dos, y el trozo grande comienza a voltearse, girando sobre sí mismo, en dirección a donde estás. Su movimiento es lento y majestuoso, pero calculas la inercia que lleva asociada y el riesgo que existe si llegara a golpear tu barco de hielo. Se ve que los otros calculan también, porque la mayor parte de tus compañeros de viaje ya no están de pie y algunos llaman a voces a la zodiac.
Se produce el rescate entre nuevas risas, incluyendo al náufrago solitario. Al llegar al barco y quitarte el traje, te alcanza por dentro una sensación antigua que casi tenías olvidada, imposible de definir pero que viene de atrás y reconoces. Como abrir un álbum de fotos amarillas y verte de pequeño, subido a un árbol, trepando peñas o nadando hasta la roca más lejana. Situaciones compartidas que llenaban el pecho por un tiempo y revivías mentalmente o al contarlas. Situaciones, cómo pudiste olvidarlo, que hacían que vivir pareciera la mejor de las cosas que a una podrían ocurrirle.

miércoles, 28 de enero de 2009

Parte polar: Sur

----- Original Message -----
To: radio
Sent: Tuesday, January 27, 2009 11:55 PM
Subject: Parte polar: Sur

para:

 

        Cuando se navega por estas aguas con un barco cuyo casco no está preparado para resistir las presiones de los enormes hielos, la travesía es algo delicada. El radar es la pieza fundamental para detectar los enormes islotes flotantes que no aparecen en las cartas, y el timón no se abandona nunca al modo automático dirigido por el GPS. No se sabe cuándo puede aparecer un témpano, y los grandes no son los más peligrosos, ya que su enorme altura fuera del agua los hace fáciles de detectar (aunque en ocasiones tienen salientes sumergidos, o espolones). Son los pequeños, que apenas asoman afuera pese a tener un gran volumen bajo el agua y pesar varias toneladas, los que pueden golpear con fuerza el casco y causar problemas.
         Este año la campaña del Buque Las Palmas está condicionada por la falta de tiempo. El adelanto observado en la eclosión ha determinado que los ornitólogos no vayan a realizar el estudio latitudinal de pingüinos, lo que se traduce en que tu sueño de cruzar el Círculo Polar Antártico se aplaza de nuevo. Sin embargo, hay que dejar a unos investigadores en la base chilena O'Higgins, tú tienes que revisar la instalación que realizaste el año pasado y que te espera en Caleta Cierva, y otros investigadores han de llegar hasta Bahía Paraíso, con lo que el viaje sigue excitando tu imaginación de todos modos. Eso sí, la falta de tiempo determina que el buque debe ir más rápido, todo lo rápido que se puede ir en un terreno minado como este, que no permite navegar de noche y en el que un banco de niebla puede ser fatal.
         Así pues váis bordeando la Península Antártica, y en cuanto cruzáis el mar de Bransfield se empieza a notar. Enormes piezas de hielo flotante, de todas las formas imaginables, comienzan a ser rebasadas (o esquivadas) por el barco. Esculturas abstractas con torres, placas, superposiciones y bañeras, tartas de un pastelero loco que trabajara a destajo en un barco movido por la tormenta, grandes almohadones blancos lamidos por el viento, escombro glacial que se deshace con el estruendo de una explosión. Son las enormes migajas de la placa de hielo que cubre casi cualquier trozo de tierra visible. Desde lejos no se aprecia su espesor, pero cada loma y cada valle, sobre todo cada valle, están cubiertos por una capa de nieve prensada que puede medir unos veinte, treinta o más metros de altura. De hecho, el hielo glacial no se produce por congelación del agua sino por el aplastamiento de la nieve bajo el peso de más nieve: de ahí los tonos azules eléctricos que alcanza el hielo más antiguo, el más prensado.
         En las zonas más densamente pobladas de hielos flotantes, se reduce la velocidad y se redobla la atención. Navegando en aguas abiertas es fácil: el asunto consiste en detectar los hielos y esquivarlos. El problema es mayor al internarse por los estrechos canales que deja el perímetro irregular de la península, que pueden tener apenas unos cientos de metros de anchura. Cuando entráis al canal Errera, que termina al desembocar en Bahía Paraíso, la navegación es un espectáculo.
         Ambas orillas son escarpados cerros de los que caen, como cataratas congeladas, los glaciares. El canal describe curvas y revueltas, y la mayor parte del tiempo todo el horizonte está compuesto de montes nevados, provocando la ilusión de estar atrapados, como en un lago. Los despeñes verticales de hielo son las cascadas más lentas del mundo excepto cuando acaban: el hielo se parte cayendo al mar con estrépito y olas. Es inquietante ver agitarse la superficie del agua de un lugar donde apenas hace viento y no hay mar de fondo.
         Estos trozos de hielo, que se suman a los que navegan dentro de los canales llevados por la brisa o la corriente, flotan en el canal por todos lados pareciendo cerrar el paso al barco a cada instante. Y cada vez, resulta ser un juego de la perspectiva que no engaña al oficial de derrota: "Dejamos aquél grande por babor y luego caemos a estribor" ("Enterado", responde el timonel). Al final, siempre acaba abriéndose paso para el barco al cabo de un momento.
         Llegando ya la noche, fondeáis enfrente de la base chilena González Videla, en Bahía Paraíso, y, por la radio, el comandante explica nuestra presencia. La amabilidad que gobierna a todas personas expuestas en este rincón apartado vuelve a lucir, y los chilenos nos recibirán mañana con alegría. Algunos serán invitados a bordo recíprocamente pero ahora es tarde, se desean buenas noches, cambian al canal dieciséis, cierras comunicación.


viernes, 23 de enero de 2009

Parte polar: Archipiélago de las Shetland del Sur

        Y sí, finalmente acabó el “Drake” y ya estás aquí. Lo sabes porque la mar no se mueve, porque el aire frío te lo dice y porque saltan ya, muy de vez en cuando, algunos pingüinos en torno al barco. Provocan la sorpresa y la ovación de aquellas para quienes ésta es la primera vez al otro lado, y a tí te sirven sólo como premonición gustosa de lo que viene.
        Antes de llegar a tu primer destino, la Isla Decepción, el barco ha de dejar a algunas personas en otras islas del archipiélago. Las islas Shetland del Sur son homónimas de otras escocesas del Mar del Norte, y forman un grupo alargado, como una primera barrera entre el continente antártico y lo otro, lo demás. Durante la noche, con rumbo sur sureste habéis navegado el Estrecho de Nelson (el famoso almirante), cruzando así la primera barrera antártica y esta mañana, al salir a cubierta, contemplas la costa de la Isla del Rey Jorge. Así nombró este lugar William Smith, marino inglés que yendo a Valparaíso dobló mal el Cabo de Hornos y aquí llegó, el 16 de octubre de 1819.
        Te encuentras en la Bahia Maxwell, uno de los puntos más concurridos de la Antártida. Desde cubierta puedes distinguir una base chilena (Base Presidente Eduardo Frei), una base rusa (Bellingshausen station) y un refugio argentino. Más allá, conoces la existencia de la llamada “Gran Muralla China” (Base Chang Cheng), la base uruguaya Artigas y la coreana del Rey Sejong. Aquí se manifiesta mejor que en ningún otro sitio el espíritu del Tratado Antártico, acuerdo por el cual se aparcan todas las aspiraciones de soberanía sobre estas tierras y se las consagra a la ciencia y a la paz entre naciones. Eso sí, dos buques de guerra de la armada chilena presiden la bahía.
        Una vez realizado el intercambio de personal (suben a bordo cuatro investigadores rusos) levamos anclas para ir muy cerca, a la base argentina Teniente Jubany, situada en Caleta Potter. Ya estuviste aquí el año pasado, caminando un precioso día entero por una playa rebosante de elefantes marinos, y miras la costa con añoranza sabiendo que esta vez no bajarás (y que seguramente nunca más lo hagas). Sin ni siquiera fondear, una investigadora es acercada a la playa de la base en una zodiac y el barco parte con prisa hacia la segunda isla, por tamaño, del archipiélago.
        Para llegar a Isla Livinsgton es necesario recorrer gran parte del margen inferior del archipiélago: dejando atrás Rey Jorge, se suceden las blancas islas Nelson, Robert y Greenwich, separadas por estrechos y peligrosos canales. La última es Livingston, donde se encuentra la otra base española (en la que vivirás unos días de aquí a poco).
        Durante la travesía, el mar en calma y el sol poniente parece que animan las aguas donde, aparte los pingüinos, resopla un número tan grande de cetáceos que impresiona hasta a quienes conocen esta zona tras muchas campañas. Una manada de orcas enseña lomos y aletas afiladas a estribor, provocando prismáticos y cámaras llenos de sorpresa e ilusión. El reflejo de las islas nevadas en el espejo móvil del agua quieta multiplica lo insólito de la estampa. Más cerca, luego, algunas ballenas corcovadas saltan a cuerpo entero y bufan como contentas, recibiéndote de nuevo en estas latitudes. Finalmente, para terminar de reavivar el mismo asombro que creíste difícil recuperar, un lobo marino nada un momento de espaldas frente a proa, mirando sin comprender la mole roja y blanca del barco que ruidosa se le viene. Resignado al absurdo y ágil, voltea su cuerpo y desaparece de tu vista pero se queda en tu memoria.
        Noche ya, fondeados en Bahía Sur frente a la base española, comienza el desembarco de material para la remodelación de la base mientras vuelves al catre ya casi cómodo pensando en que mañana tomas tierra por fin en Decepción. Pensabas que sería imposible volver a ser deslumbrado esta segunda vez y, en tu retina, casi no caben de nuevo las fotos que no tomaste y para ti se quedan. Van dedicadas, todas, a quienes no las verán y quisieras ver cerca ahora. En esa dedicatoria te duermes y sonríes.


[http://partepolar.blogspot.com]

miércoles, 21 de enero de 2009

Parte polar: Paso de Drake

[NOTA: No podré mandaros emails este año como el pasado. Publicaré los partes en http://partepolar.blogspot.com, donde ya hay algunos recientes.]

        Despiertas en un catre en el sollado de popa, donde lo primero que notas es el olor característico de la antigua combustión del Las Palmas, el ruido ensordecedor de sus dos motores a 750 revoluciones y, sobre todo, tu espalda agarrotada. No es que sea incómoda la cama, sino que desde hace unas horas el movimiento del barco te obliga a tensiones y apoyos constantes mientras duermes. Por la violencia del zarandeo, calculas que hará un par de horas que habéis doblado el cabo de Hornos y que enfiláis ya por alta mar el pasaje de Drake.
        Conociendo de sobra que con esta mar es imposible hacer nada que no sea dormir o vegetar, decides levantarte de la cama lleno de curiosidad. ¿Estará la mar gruesa o sólo de través? ¿Cuál será la dirección del viento? ¿Bailarán ya los albatros viajeros?
        Sin embargo, ese levantarse de la cama que es usualmente automático y fácil, es ahora bastante complicado. Veamos. Lo primero va a ser vestirse, y mejor hacerlo tumbado pues de pie cualquiera sabe. Bien, los pantalones. Primero los sitúas mentalmente, haciendo varias pausas para estabilizar el interior de tu cuerpo removido por el juego loco de inercias en todas direcciones. Abres los ojos y los fijas en el techo de la litera. Descansas. En una tregua que parecen conceder las olas, alargas la mano y tomas los pantalones, te tumbas y descansas. Fijas la mirada. Tumbado te los pones entre dos golpes de  mar y vuelves a fijar la mirada. Es necesario concentrarse en la respiración porque de a ratos te parece que es el único asidero que te mantiene fuera del caos del mareo. Calcetines. Sudadera. Y ahora sí, llegó el momento. Te sientas al borde de la litera y debes apoyarte en seguida en la de enfrente porque todo se ha inclinado de repente y casi vuelcas. Respiras (ese olor a humo de gasoil), descansas, te concentras. Sabes que es psicológico, que gran parte depende de tu debilidad mental. Pero apenas puedes fijar la atención en nada, porque una y otra vez impredecibles cambios de aceleración lanzan los órganos en tu interior hacia todos los lados. Bah, no es nada. Vamos, los zapatos, te levantas, caminas ya pasillo alante y llegando a la escalera tu peso parece disminuir de súbito y te aligeras, flotas casi a media altura. Al segundo siguiente, te retuerces aplastado sobre la escala y no hay respiración que te serene. El puente, el puente, en el puente de mando estarás bien, viendo las olas, charlando con quienes haya de guardia, los albatros... tienes que subir. Trepas la escalera entre dos sacudidas y llegas al puente. El espectáculo allí es desolador.
        Un oficial y dos marineros dormitan como pueden sobre sillas y repisas. Fuman, y el olor del humo te mata. Afuera, montañas de agua se desplazan sin orden, sin concierto, en las cuatro direcciones hasta donde alcanza la vista. La proa se hunde en el agua en cada golpe, el oleaje salta a cubierta por los cuatro costados, una grieta atraviesa uno de los vidrios ayer intacto. Incapaz de pensar, te amontonas en respirar, fijar la vista en el horizonte, sujetarte y cancelar la oscilación del suelo moviendo tu cuerpo siempre al revés que el barco. Mas no puedes pensar si todo se mueve, respiras y no, se vuelve a invertir el movimiento y peor. Con gesto elocuente y mirar perdido, el marinero timonel abandona su posición y corre escaleras abajo en busca de un váter. Tu boca se humedece, hace rato ya que sudas frío y que la presión se te hace insoportable en los oídos. Vas dando por perdida ya la lucha y, de repente, te obligas a salir al alerón de babor y a darle al mar de adentro lo que colérico te pide. Mientras rociones de agua empapan tu ropa, vomitas y sueñas con saltar a tierra firme y a tu cama. Mojado, de nuevo en el puente, pides pastillas al capitán médico y vuelves al catre respirando pausas, sudores fríos, náuseas y golpes. El dimenhidrato, el vaivén y el esfuerzo que se han llevado los últimos cuarenta minutos te adormecen dulcemente y te abandonas.


P.S.: No llega este parte a todos los emails que me gustaría. Sentíos libres de compartirlo, os lo agradeceré.
P.P.S.: Hay algún otro parte ya en http://partepolar.blogspot.com
P.P.P.S.: Podéis responder (sin archivos adjuntos) a esta dirección, pero lo mejor es que mandéis una copia a mi correo habitual por si esta se pierde.












jueves, 15 de enero de 2009

Presidio de Ushuaia

En 1896, el gobierno de la Argentina, tras firmar el Tratado de Límites con Chile, consideró que era importante instalar una población estable en Tierra de Fuego, para sustentar su soberanía sobre estos territorios. Las condiciones de aislamiento y clima, y la falta de interés económico de esta zona no favorecían la venida de colonos, por lo que alguien tuvo una idea.

Un primer grupo de 23 presos voluntarios, acompañados de sus correspondientes carceleros llegó aquel año a establecerse en Isla Grande. De estos, 14 eran hombres y 9 mujeres, lo que corresponde con la intención gubernamental de poblar esta tierra. Tras la fusión de este destacamento con el presidio militar ubicado en Isla de los Estados, comenzó la construcción del Penal de Ushuaia, cuya mano de obra fue, como cabe esperar, los propios presos. El frío y la nieve (sin contar la férrea disciplina carcelaria) debieron ser, para ellos, una ayuda para sobreponerse al absurdo que supone construir una carcel para ser encerrado en ella.

Con un diseño radial, panóptico, basado en las últimas tendencias en la Inglaterra de la época, el edificio se mantiene en pie hoy en día, albergando un pequeño museo dedicado a la historia de los primeros pobladores de esta ciudad. Hasta mil presos fueron ubicados en esta cárcel que tal vez sea la única del mundo que nunca tuvo un muro alrededor. Una alambrada fue siempre suficiente para retener a los reclusos, pues la mayoría de aquellos que intentaron un escape volvieron luego por su propio pie, ateridos de frío y acosados por el hambre.

Hubo uno, sin embargo, que llegó más lejos. Simón Radowitzky era un joven llegado a la Argentina desde su Ucrania natal (de donde una herida de sable cosaco y el miedo a Siberia lo hicieron huir tras la Revolución Rusa de 1905) y profundamente comprometido con La Idea y el movimiento anarquista. Tras las 8 muertes que produjo la policía en la gran manifestación del primero de mayo de 1909, y la persecución a la que fue sometido luego el movimiento obrero, el 14 de noviembre Simón Radowitzky arrojó una bomba en el carro que llevaba al coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la policía de Buenos Aires.

Durante el juicio por asesinato, se reclamó la pena de muerte para el joven, que alegaba tener tan sólo 18 años. Informes periciales determinaron su edad entre 20 y 25 años, pero la aparición inesperada de su partida de nacimiento derivó en su envío al Penal de Ushuaia, de por vida, con sólo media ración de alimento al día. Además, era castigado a reclusión solitaria a pan y agua todos los años durante los 20 días previos al aniversario del atentado.

Su actitud desafiante y su liderazgo en varias huelgas de hambre en la prisión le privaron de los pocos derechos otorgados a los demás presos y lo hicieron víctima de constantes castigos. Sus libros fueron todos cambiados por uno sólo, la Biblia, le cerraron la ventana de la celda con una chapa agujereada (cuántas veces contó los “300 agujeros” que menciona en una carta), fue de continuo humillado verbalmente y, en 1918, fue violado por el subdirector del penal y tres funcionarios.

A causa de este incidente, su caso comenzó de nuevo a tener cierta repercusión nacional, hasta el punto de que los grupos anarquistas chilenos y argentinos coordinaron su evasión de la cárcel. Aprovechando el relevo estacional de los funcionarios, y ciertos apoyos sinceros que obtuvo de entre el personal de la prisión, Radowitzky se hizo con un traje de carcelero y, saliendo, caminó sin más por la calle San Martín. Llegado al muelle, embarcó en el Sokolo y puso rumbo a Punta Arenas, Chile, donde fue finalmente apresado. Se considera que ésta fue la única fuga exitosa del presidio de Ushuaia, y se desconoce la magnitud del castigo a que fue sometido el preso una vez que reingresó entre los muros que él mismo había ayudado a levantar.

(Años después, en 1930, Radowitzky recibió un indulto a condición de exilio, y voló a España para formar parte de las Brigadas Internacionales. Acabada la guerra y como tantos otros, pasó a Francia y de ahí a México, donde en 1956 un fallo cardíaco se lo llevó de un cuerpo marcado ya con medio siglo de luchas. Hasta su muerte, sobrevivió ejerciendo el oficio que en la cárcel de Ushuaia había aprendido: constructor de juguetes de madera.)



No quieres ni imaginar lo que debió ser cada noche de invierno entre estas paredes, con el viento aullando afuera y, por dentro, la certeza final de estar jodido para siempre. Así y en estas, tus pasos te han llevado hasta la tienda de souvenirs del museo de la prisión, en la que sin buscarla encuentras una carta náutica de las islas Shetland del Sur, tu próximo destino. Con ella bajo el brazo y el buque en puerto, marchas a hacer la mochila para embarcar mañana.

martes, 13 de enero de 2009

De vuelta en Ushuaia

Estás de nuevo en la confortable posada que ocupaste hace justo un año, después de cuatro días de viaje complicado absurdamente por la arrogancia de la línea aérea que te trajo. Cuando comienzas a sacar las cosas de la mochila, descubres que efectivamente sí, todo es ligeramente distinto en esta ocasión. Lo que antes iba saliendo del paquete con la veneración del estreno y los nervios de la expectativa, es ahora ropa tan sólo, doblada y limpia y sucia y ya usada, pero ropa nada más.

Sin embargo, hay elementos cruciales que te sitúan también de nuevo en un cierto estado de asombro y maravilla. Sales a dar un paseo y a buscar algo que comer y, al poner el pie en la calle, la naturaleza te saluda ya con otro de aquellos atardeceres que son, probablemente, la estampa que mejor resume tu experiencia del año pasado. Por un juego de nubes y reflejos, el largo atardecer encendido para ti esta tarde austral es rojo y naranja hasta un extremo irreal, que resume de nuevo la magia de estar aquí, de haber venido. Los escarpados cerros que rodean la ciudad y sus ventisqueros lo repiten, alterando las gamas coloradas sobre negros y blancos.

Sin quererlo mucho, y obedeciendo a las limitadas alternativas que esta ciudad brinda en cuestión de sitios donde ir, encaminas tus pasos hacia el final de la calle San Martín, donde (como esperabas casi sin saberlo) sigue el pub Invisible. La marquetería que todo lo decora, beneficiada por un nuevo invierno de quietud, aislamiento y nieve, la agradable música de los sesenta y la cerveza de trigo autóctona te ayudan a sentirte como en casa aquí tan lejos. Le dedicas unos tragos al libro que ahora te acompaña, y, cuando por fin el interminable ocaso agoniza por el oeste y se te acumula el cansancio del viaje, emprendes el regreso.

Al cruzar la calle General Roca, una mirada al muelle te descubre el punto de atraque del Buque Las Palmas, aún vacío. Se espera que llegue mañana, y de nuevo se te llena el pecho de una ilusión nerviosa de víspera, que te mece ya en la cama y te dispone. Mañana llega el barco.